Historias de Plutón
José A. Secas

En el penúltimo viaje que hicieron juntos; donde se condensaba la ansiedad y la frustración a partes iguales, fundiéndose con un amor intenso y pasional, algo atormentado y fuera de momento; él, en un deseo por evidenciar los vínculos innegables que les unían, le pidió que le recordara un cuento especial, de entre los que habitualmente relataba antes de dormir, para poderlo escribir y que no se quedara encerrado en su prodigiosa memoria.

El cuento, como todos los que improvisaba después de amar y como despedida del día, tenía tres ingredientes que ella proponía en el mismo momento. En aquella ocasión fueron: altas montañas (el lugar), una mujer oriental (el personaje) y un arpa (el objeto). El cuento -me lo guardo para mejor ocasión- incluía un deportivo rojo descapotable de amplio maletero y enorme capó, ascendiendo entre curvas serpenteantes, verdes prados y bosques, altas y nevadas montañas, lagos como espejos y casitas pintorescas con flores en las ventanas, vallas de colores y setos recortados con esmero. Estamos en los Alpes bávaros.

La vida es un cuento sorprendente, de final incierto, que se escribe día a día; en cada instante

Además de la mujer oriental, con grandes gafas oscuras que ocultaban sus lágrimas y fular al viento como Isadora Duncan, aparecían en el cuento un sofisticado y melancólico caballero con sombrero panamá que se marchaba, con su chaqueta de lino crudo en el brazo, a dar un paseo del que nunca regresaría y un mecánico joven, como recién salido de un anuncio de Armani o de Coca-Cola, con camisa abierta y sudada de desvaídos cuadros rojos y blancos, como el mantel de una pizzería del Bronx, echándole un vistazo al descapotable del viejo. La escena termina con una sonrisa forzada del muchacho y una expresión de “¿y ahora qué?”, mientras limpia sus manos con un trapo mugriento y casi desintegrado de toalla desechada.

Silencios directos, espaldas alejándose, lágrimas ocultas, paseos eternos, esperas inesperadas, averías resueltas, bocados compartidos, miradas cómplices y finales sorprendentes; si, sorprendentes. Cuando crees que el desarrollo te guía y los indicios te predisponen, aparece (por necesidades del guión) el objeto obligado que se convierte, para desbaratar lo previsible, en un personaje más; quizás el protagonista. El fin del cuento contempla la aparición en escena del arpa. Todos los silencios de esas vidas se llenan de una música angelical e inspiradora que la mujer oriental arranca del instrumento con delicadeza y dolor. Un final abierto a cualquiera de los posibles desenlaces que uno se quiera imaginar.

El cuento como reflejo de la vida, como metáfora o como predestinación. El cuento como instrumento para la reflexión, como inspiración o enseñanza, como recurso para generar un principio o un final o como simple motivo de evasión. El cuento como verdad poderosa, como condena explícita o como revelación incuestionable. El cuento como espejo, como marco o como microscopio… La vida es un cuento sorprendente, de final incierto, que se escribe día a día; en cada instante. Como ahora, justo cuando empezamos un nuevo viaje.

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