Desde mi ventana
Carmen Heras

En los grandes dramas, románticos y no románticos, siempre hay una voz que avisa a los protagonistas de que tengan cuidado, con el mal, con el peligro, con los próximos. Son los agoreros, aquellos que avistan el futuro, que prevén situaciones venideras que a nadie se les hubieran ocurrido. Como Casandra. Casandra es un personaje importante en la mitología griega. Tenía el poder de la adivinación, y el castigo de que nadie la creyera ni le hiciera caso. Pero ella veía el futuro y lo que habría de traer. Supo antes que nadie la aportación del caballo de Troya: la guerra y la destrucción. Pero para Casandra no hubo premio cuando se supo que sus vaticinios no eran errados; por el contrario fue hecha esclava. Y más tarde asesinada por otra mujer, celosa de ella, de su belleza y clarividencia.

Pensaba yo en todo esto, el otro día, entendiendo los esfuerzos de quienes, experimentados en circunstancias parecidas, no se resignan a revivir hechos pretéritos y avisan y vuelven a avisar a quienes les insultan. Porque ¿es posible que haya cambiado tanto la época, las circunstancias y los objetivos, como para que si lo de antes de ayer estaba mal (mal concebido, mal ideado, con falta de ética y de sentido común) ahora sea lo adecuado para un país y una región?

Para la población no hay nada como acostumbrarse a la mediocridad

Las preguntas tabletean en la mente de muchos. Si los humanos son intercambiables, como opinan y discursean algunos terrícolas, ¿a qué tanto esfuerzo para defender a unos pocos, de manera tan exagerada?¿Y si todo fuera una trampa?, ¿si el mismo silencio circundante lo fuera, para dejar que los vaticinios se cumplan cuanto antes y quien está elevado se despeñe, dejando su sitio a otro? No sería la primera vez.

Igual que hay personas nobles, hay personas aviesas, y gente de mala ralea. No debe olvidarse. La pobreza de sus mensajes es notoria, pero nada de eso importa si la recepción de los mismos llega a muchas pequeñas mentes que en el mundo existen, que los difunden sin reflexionar sobre ellos, sin sentido crítico y de observación alguno, tan solo por venir de quien viene. Porque para ellas, eso constituye su fe.

Hay veces en las que las anécdotas son tan poderosas que sirven para explicar la generalidad. Algunas parten de vidas anteriores pero imprimen carácter en el presente y hasta en el futuro. El afán por el dinero, por ejemplo, puede ser genético. Lo mismo que lo contrario. La usura en referencia a los otros. Transmutada al bienestar general. Y sobre todo al juicio de los comportamientos ajenos.

Para la población no hay nada como acostumbrarse a la mediocridad. Así no se sufre porque nada se espera. Algunas escaladas sociales vienen desde el estraperlo y generan una impronta en el devenir propio que pasa por arrebatar a lo anterior la paz y sus logros, sin remilgos ni malas conciencias. Conciencia tranquilizada con limosnas en algún barrio descarriado.

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