Reflexiones de un tenor /
ALONSO TORRES

No me apetecía que se me viera, que se viera que la casa estaba ocupada, habitada. La carretera pasaba, pasa por delante, apenas diez metros escasos de la puerta de madera, toda la casa es, era de madera, y a ciertas horas, en ciertas temporadas del año, aquello, esto, parece una autopista en hora punta, por los cazadores y excursionistas. El caso es que me escondía, me escondo, estaba, estoy como agachado y no abro, no abría las contraventanas, mucho menos corro, corría las cortinas, y así, en esa noche, en esta noche, veía, veo pasar los coches. Quería, quiero poner música en el viejo tocadiscos, hay, había toda una estantería recorriendo una de las paredes del salón, de punta a punta, con discos, con vinilos de 45 y de 33 revoluciones (por minuto, se entiende) de tod@s l@s artistas franceses de los años 40, 50, 60 y principios de los 70, pero tampoco me atrevía, me atrevo, y no es que tuviese miedo, y no es que tenga miedo, no, es que… no quiero que se enteren que estoy, que estaba aquí, allí.

A la mañana siguiente me vino a buscar quien tenía que venir a buscarme (pelo trigueño, quince años más joven que yo, ropa deportiva, gafas de sol grandes y acento extranjero, se parecía a cualquier “poppy” francesa, pero me hablaba, habló en inglés), y poniéndome las botas (había dormido, dormí con la ropa puesta) me adentré, unas horas más tarde, en la “selvatiquez”, así llamó Faulkner al bosque sagrado norteamericano (el que exploraron Lewis y Clarck, por ejemplo). Había que subir, remontar el curso de un río a purito remo, y cuando eso ya no fuese/fuera posible, seguiríamos, seguimos caminando por la orilla, y cuando no pudiésemos, pudiéramos más, como Rilke, “¿quién habló de triunfo?, se trata de resistir”, reventaríamos. Salí antes que nadie de la sala en la que el guía, intrépido Indiana Jones, fornido y alegre, daba, da las explicaciones pertinentes. Estaba deseoso de…

Se demoraban, se demoran los compañeros de viaje y di, doy una vuelta por los alrededores. La reunión iba, va para rato, pero yo no estoy, estaba por la labor de escuchar y determiné, determino investigar los alrededores. Había, hay una pista de baloncesto justo detrás de la casa, tras la pantalla de árboles jóvenes, y un equipo está entrenando, entrenaba. Les miré, les miro un rato, y luego jugué, juego con ellos. El equipo que perdía, que pierde, tiene, tenía que entregar a alguien para ser, que sea ajusticiado. Ahora sí que suena/sonaba música: “Voilà”, de La Hardy, año 1967.

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