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La amistad y la palabra /
Enrique Silveira

Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.

Como suele ocurrir, la RAE nos ofrece una aseada definición de eufemismo, sin demasiados matices, lejos de pormenores y complicaciones que implicaran un vínculo con propósitos de dudosa intención.

Que hacemos uso de esta popular figura se nos presenta como un hecho insoslayable; no es ningún desdoro si la finalidad no es otra que endulzar la vida de los demás, pero en muchos casos descubrimos otros objetivos, más relacionados con la hipocresía, la mojigatería o el ocultamiento perverso.

Hablemos de algunos que son particularmente populares. El resultado de lo que Torrente Ballester denomina encuentros horizontales y Eslava Galán, más prosaicamente, coyunda, puede ser el embarazo. Definir el estado de la dama no es difícil si nos alejamos de expresiones tales como estar preñada que casi nos da a entender que nuestra pareja proviene del rebaño al que pastoreamos; estar en estado de buena esperanza, que nos ubicaría en lo más alto del concurso de cursis recalcitrantes o estar encinta (así, todo junto) lo que supone conocimientos del latín vulgar (de incincta, no ceñida, por cuestiones obvias).

Si bien somos todos cómplices en el desarrollo del mundo de las verdades a medias, los políticos se erigen como intérpretes inigualables en este escenario y casi siempre con aviesos fines. Convierten una guerra en un conflicto bélico, de manera que las muertes no apesadumbran tanto; el paro, en flexibilidad laboral, y eso, evidentemente, tranquiliza al que lo sufre que espera sosegado la llamada del empresario que, desinteresadamente, renovará su contrato y mejorará sus condiciones laborales. La actualización de precios no te vacía los bolsillos y los paraísos fiscales aparecen como lugares donde el Sol dora la piel de todos, adinerados o no.

Mi preferido, con todo, es muy popular entre los independentistas catalanes, esos que han conseguido convertir una hermosa parte del mundo en un forúnculo inoperable. Los idiomas no aman ni odian, no compiten entre sí ni reclaman su territorio de influencia, ni tan siquiera demandan subvenciones o exigen una rápida evolución para mirarse con coquetería ante el espejo: sencillamente existen. Y lo bueno es que no plantean problemas de convivencia, porque pueden residir en el mismo barrio en el que lo hacen otros que nacieron lejos y de otros padres.

Los secesionistas, hijos de la soberbia, la deslealtad y la estupidez, no lo ven así y utilizan una expresión que se incluye entre los eufemismos más delirantes: Plan de inmersión lingüística o, para ser más exactos, Plan de arrinconamiento sistemático del español.

Las excusas que braman sus defensores podrían ser el eje de una jornada de risas insuperables, si no fuera porque consiguen con su actitud convertir en hispanoignorante a toda la población, independentista o no, cuando el español es hablado por solo quinientos millones de personas y luce como la segunda lengua en la red, aparte de ser una seña de identidad para Cataluña desde tiempos tan remotos que enlaza inextricablemente con el resto de sus peculiaridades. El ataque injustificado a una herramienta tan valiosa deja en pésimo lugar a aquellos que vociferan contra la inexistente opresión de la que tanto se quejan y repiten estrategias que, en otro tiempo, en otro mundo, usaron los que sí fueron maestros de la represión.

En palabras de Fernando Savater: “Las lenguas tienen dos grandes enemigos, los que las imponen y los que las prohíben”

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