c.q.d.
Felipe Fernández

Con lo difícil que es poner de acuerdo a los españoles se trate del asunto que se trate, no deja de llamar la atención la cuasi unanimidad con la que los padres interpretamos nuestro papel frente a los centros de enseñanza. Divididos ad aeternum entre blaugranas y blancos, rojos y azules, rioja y ribera y Aitana o Amaya, hemos logrado una sorprendente unanimidad cuando se trata de “proteger” los intereses de nuestras pobres criaturas abandonadas a su suerte en colegios e institutos. Íntimamente satisfechos de nuestro trabajo como padres-modelo, les repetimos una y otra vez nuestra total confianza en ellos, y no solo porque eso refrenda nuestra grandiosa labor, sino también porque, de esa manera, cumplimos los cánones establecidos con los que machaconamente nos martillean los aconsejadores oficiales del reino desde los púlpitos televisivos. Tal es así que, cuando por azares de la vida –Dios no lo quiera- nos llegan noticias provenientes de profesores y tutores acerca de determinados comportamientos no deseados, la primera reacción es de incredulidad “esto no puede pasarme a mí”, y la segunda tiene mucho que ver con los

Hemos logrado una sorprendente unanimidad cuando se trata de “proteger” los intereses de nuestras pobres criaturas

problemas auditivos nacionales, esto es, en un país en el que nadie escucha a nadie, la expresión “ese me va a oír “se hace perfectamente audible. Para cuando la decisión de visitar el centro ya es irremediable, los argumentos se han preparado con rotundidad y alevosía, sin posibles concesiones a la duda razonable. Por eso, las primeras frases de los indignados papás siempre tienen que ver con ellos mismos y no con sus vástagos: “yo conozco muy bien a mi hijo”, “mi hijo no me miente”. Y tú, sentado al otro lado de la mesa, escuchando atentamente mientras decides qué debes contestar –si es que debes contestar- no puedes evitar una sonrisa que ayude a clasificar esas afirmaciones como ingenuidades o, quizá, como enfermedad común. Cuando por fin consigues que el clima se relaje y tu interlocutor comprenda que la adolescencia consiste precisamente en eso, en que tus padres “no te conozcan” y en “no decir la verdad cuando no sea estrictamente necesario”, ya has tenido tiempo de ensalzar su labor como progenitor y la inestimable ayuda que el centro puede ofrecer a su sufrida labor paternal, tan desprendida, tan generosa, pero tan complicada en estos tiempos procelosos. Y es entonces cuando les cuentas el caso de aquel británico intentando lidiar una vaquilla que le revolcaba a cada momento; el pobre hombre se levantaba una y otra vez incrédulo, sudoroso y dolorido mientras se preguntaba, “¿cómo es posible si sigo las instrucciones del libro al pie de la letra?” Pues eso.


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