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Lunes de papel /
Emilia Guijarro

Estos días los adultos de Aspace han presentado un video, explicando a todo el que lo quiera escuchar, que ellos son personas adultas, y que quieren que se les trate como a tales.

Nos alertan contra la costumbre generalizada de tratarlos como si nunca hubieran traspasado la edad infantil. Sin darnos cuenta los que estamos a su alrededor los convertimos en invisibles y nos comportamos delante de ellos como si no estuviesen presentes.

En un decálogo, elaborado por ellos, nos piden que les tratemos como adultos, que les escuchemos, que no les interrumpamos cuando hablan, porque tienen muchas dificultades para hacerlo, y, sobre todo, que les pidamos opinión sobre las cosas que les afectan.

Aparentemente cosas muy simples, pero, sin embargo, difíciles de que se cumplan en la vida diaria.

A lo largo de la historia, a las personas con discapacidad adultas se les ha tratado como a niños, como a seres sin opinión propia, aunque en los últimos años los grupos de vida independiente y los avances en educación inclusiva han hecho que se dé un salto de gigante, incluso en aquellas deficiencias de tipo intelectual que parecía imposible que pudieran tener vida independiente y que hoy, con apoyos puntuales, pueden tener una vida plena.

En todo ello, como en otros muchos aspectos la clave está en la educación. El estado invierte aproximadamente, si mis fuentes no me fallan, más de 6000 euros por estudiante cada curso, sin embargo se desconoce cuanto se invierte en la formación de una persona con síndrome de Dawn o con parálisis cerebral y como cambiaría su vida y la de su entorno si se invirtiera una cantidad semejante.

La clave de nuestro bienestar está en la educación y en el respeto hacia la persona diferente, en la apuesta por la diversidad, y eso es lo que nos están pidiendo los adultos de Aspace en ese vídeo reivindicativo que han colgado en las redes, bajo el lema “somos capaces”, porque ellos, en mayor o menor medida, son capaces de saber que es lo que quieren y que es lo que esperan de su vida, y si les preguntamos nos dirían que quieren las mismas cosas a las que aspiramos el resto de la humanidad, a ser felices, a vivir con dignidad, y a que sean ellos los protagonistas de sus propias decisiones.

 

 


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