La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Si fuera catalán, debería elegir cuidadosamente el manual que me informe de lo que hicieron mis predecesores porque algunos están basados desaprensivamente en la mendacidad. Me indigna que tergiversen la Historia para justificar actuaciones que no dejan de ser el último eslabón de la larga cadena del embuste.

Si fuera catalán, intentaría comunicarme con los que me rodean en el idioma con el que mejor nos entendamos sin que la elección de uno u otro comporte la enemistad de los que se creen mejores por practicar el monolingüismo excluyente, porque los idiomas han nacido para que las personas nos entendamos y no como arma política.

Si fuera catalán, estaría indignado al ver cómo los políticos que me gobiernan lo hacen con la desfachatez y la estulticia como banderas, se obcecan en una entelequia que procede del capricho de unos pocos y no hace más que perjudicarnos a todos, mientras muestran una extraordinaria apatía para buscar soluciones a los problemas que verdaderamente importan.

Si fuera catalán, no soportaría constatar que el dinero que podría mejorar nuestras vidas se aloja en paraísos fiscales para satisfacer la codicia de unos “próceres” generosos dando consejos de cómo debemos comportarnos, al tiempo que saquean de manera impenitente las arcas que entre todos llenamos para que nuestra existencia se convierta en llevadera.

Si fuera catalán, me disgustaría tener que cambiar de bar porque en el de siempre se han instalado aquellos que no quieren compartir contigo el aperitivo, debido a que no has firmado la enésima absurda petición y preferiste la playa a pasearte por la Diagonal envuelto en una bandera que no te representa, el día en el que ellos más vociferan para que se les vea bien.

Si fuera catalán, desayunaría incertidumbre, comería desorientación y cenaría desconsuelo al comprobar que mis hijos están siendo educados en el pensamiento único, adiestrados en la búsqueda del agravio imaginario e instruidos en el odio sistemático a todo aquello que proviene de la tierra donde nacieron sus ancestros.

Si fuera catalán, repudiaría a los que piden diálogo y responsabilidad a los demás cuando no respetan más que a los que deliran como ellos, conculcan las leyes como si fueran bandoleros e incitan a hacerlo, dilapidan sin piedad el crédito de un pueblo que tardó décadas en conseguirlo, se enriquecen sin pudor y carecen del sentido de estado que debería ser la virtud fundamental del que se presta para dirigir la sociedad.

Si fuera catalán, anhelaría una sociedad plural y diversa donde cupiéramos todos sin necesidad de mostrar nuestro árbol genealógico, decidirnos por una opción sin soportar la opresión de las instituciones -volcadas impúdicamente hacia una de ellas- y en la que pudiéramos vivir sin la imposición de mostrar desapego por costumbres con las que hemos coexistido plácidamente durante siglos.

Si fuera catalán, en definitiva, estaría aterrado.


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