Un malestar generalizado impregna las conversaciones de unos y otros. Tras los tórridos acontecimientos del pasado 1-O en Cataluña, el país se ha paralizado. Técnicamente hablando no, pero sí emocionalmente. Los partidarios de la escisión afean la actuación del Gobierno con el envío de la Policía Nacional y la Guardia Civil a cerrar colegios electorales. Los españoles —como erroneamente se está denominando a los que están en contra— justifican las cargas de los Cuerpos de Seguridad del Estado como algo “inevitable” tras el órdago de Puigdemont. De todas, todas, era algo totalmente previsible. La irresponsabilidad de unos y otros ha desembocado en heridos y detenidos. Sin embargo, y aunque nos amparemos en la libertad de los pueblos a decidir su futuro, el único que ha violado la ley ha sido el President de la Generalitat.

La estrategia política de los independentistas se ha basado desde el principio en buscar mártires de la nueva patria, víctimas que pudieran sostener un argumento del todo incongruente. Y el Gobierno picó. Mordió el anzuelo de las provocaciones y ocurrió lo que desgraciadamente hubiera escrito cualquier guionista de ‘serie B’. Golpes, moratones, heridos y sangre. La foto ya estaba servida. La comunidad internacional opinando sobre los acontecimientos. Fíjense ustedes que hasta Rusia ha pedido diálogo. Sí, los mismos que masacran a las minorías cada vez que ponen en duda la autoridad de Putin y los suyos. En fin, escuchar para creer. Decían los distintos analistas que la independencia es un asunto eminentemente económico —de la casta— y emocional —de los trabajadores— y que la desactivación debía darse justo ahí. Días más tarde las principales empresas catalanas están convocando a sus consejos de administración para cambiar su sede: Sabadell, Caixabank, Freixenet… se mudarán a lugares como Palma de Mallorca, Alicante o Valencia en busca de la estabilidad que les están arrebatando. No pueden consentir perder un mercado de 40 millones de personas por culpa de unos iluminados. Que alguien hable con Gas Natural para que se instalen en Cáceres. Nos vendría de perlas, la verdad.

No hemos mencionado a los que invocan día sí y día también la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que viene a ser algo así como tomar Cataluña por la fuerza y dar al Gobierno carta blanca. ¿Y si declaran unilateralmente la independencia? Decía la semana pasada Miquel Iceta, secretario del PSC, que una declaración de estas características “necesita ser reconocida por el resto porque de lo contrario rozaría el ridículo”. Podemos dejarles estar o podemos intervenir, pero teniendo siempre en la cabeza que la vida continúa y que después de la fiesta viene la resaca.


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