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Pavana

1677

Reflexiones de un tenor /
Alonso Torres

Yacaré Cáceres no sabe que el enviado de España para su detención, Juan Limón (teniente de navío), está en el mismo tugurio portuario que él. Yacaré Cáceres está perseguido por la justicia, pero en Todos los Santos, ¿quién no lo está?, así que la tranquilidad se aloja en su espalda, y en sus ojos hay una mirada reconfortante: observa cómo sirve ron, vino, cerveza y aguardiente, entre las mesas, Pilar La Roja (por su largo, rizado y colorado pelo), y como todo pirata que se precie, tiene, en el pecho, una sirena, ella, y un pirata, él, que caminan, como si fuesen dioses (¿no lo son acaso?), sobre olas azules (“que el viento me lleve hasta tranquilos y hermosos puertos”, reza la frase que bajo la pareja tatuada puede leerse).

Bienvenida de Todos lo Santos es un puerto con mucho tráfico de personas y mercancías en una bahía protegida de las inclemencias del Mar Caribe, fue la capital de la provincia de ultramar española (los españoles no tuvieron colonias, y sí, provincias de ultramar), El Paltrinam, y va, el país, de una costa a otra (en la otra parte de la nación, tras las estribaciones montañosas de Las Cimas, y en la desembocadura del río Urú, cuyas aguas vierten mansamente en el Pacífico, está la ciudad de Reseca, “la realista”). A Bienvenida de Todos los Santos se la acabará llamando con el tiempo (que nada cura) tan solo Bienvenida, pero como dijo aquel, “eso es otra historia”; tras la independencia, en 1825, jugarán un importante (y sangriento) papel los militares hasta las primeras elecciones sin tiros de 1969, en el que el Frente Popular de la Justicia, “los justicialistas”, se hicieron con el poder, (<<hay que hacer que todo cambie para que todo siga igual>>, escribió Lampedusa en su imprescindible, para mí, libro “El Gatopardo”); luego vinieron “los años tristes” hasta que en 1989 las cosas se empezaron a aclarar, tranquilizar y democratizar, pero estas historias sí que son para otro día, y están recogidas en el libro, imaginario (todavía), “Caballos salvajes”.

Tampoco sabe, Yacaré Cáceres, escuchando la pavana (con el pie izquierdo sigue el ritmo, y hay gente que está bailando, pero no de forma correcta dicha pieza musical, sino que con palmas y algún tambor africano, la reinterpretan a su manera), que esta noche será su última noche de estancia entre los vivos; no solo está allí, en El Botón de nácar (el tugurio que sirve las más ricas costillas de cerdo de todo el Caribe) Juan Limón, sino que también se encuentra, encapuchado, Anaconda Wilson, el negro pirata que le matará (por ciertos barcos abordados). Tres hombres, más el negro, a la salida, le asestarán, a él y a la mesonera, certeras estocadas en una sucia calleja, y cuando esté a punto de expirar, tras tocar, él, románticamente la mano de su amada (quién le ha visto y quién le ve: nadie), pensará, “peste bubónica, me matan en tierra y no en la mar”.

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