c.q.d.
Felipe Fernández

¿Ha tenido usted ya alguna duda para recordar el nombre de una canción, de un autor célebre o de una marca conocida? ¿Saluda a gente por la calle cuya cara le resulta conocida pero se siente incapaz de asignarle un nombre? ¿Tiene todas las dificultades del mundo para aprenderse una canción y recurre con frecuencia al muy socorrido ná-ná-ná ? Pues si tiene alguno de estos síntomas, o todos a la vez, sea bienvenido al club. Los españoles, con nuestro habitual sentido de la realidad y nuestra practicidad indomable, lo hemos bautizado como «fallos de memoria», entre otras expresiones conocidas irrepetibles ahora mismo. Los franceses, algo más poéticos, lo llaman «trou de mémoire», resaltando la profundidad insondable del hecho. A pesar de la constatación ineludible del asuto, hay quien achaca estos «lapsus» del mecanismo al exceso de información que vamos acumulando con el paso de los años, exceso que provocaría una sobrecarga difícil de manejar por nuestro disco duro. Puede que sea eso; ojalá! Pero no sé por qué tengo para mí que, desafortunadamente, el desgaste del material tiene mucho que ver con todo ello, y que, de

Ahora hay un remedio para casi cualquier cosa, especialmente en lo tocante a los achaques propios de la edad

una manera u otra, la memoria, como otras muchas partes de nuestro cuerpo que usted y yo sabemos, emite señales de alarma para anunciar que el tiempo sigue su curso. Así que, se lo ruego, no acuda a remedios caseros, a reglas nemotécnicas infalibles, ni a fármacos milagrosos. Como es bien sabido, ahora hay un remedio para casi cualquier cosa, especialmente en lo tocante a los achaques propios de la edad, una franja de mercado muy aprovechable para las industrias del ramo. En todo caso, lleve sus «olvidos» con resignación cristiana porque, a lo mejor, prescindir de nombres, letras y números es más útil de lo que parece, porque toda esa energía puede destinarse a actividades más reconfortantes, más cercanas, más humanas; y, puestos a lo peor, puede que olvidemos lo que queremos recordar y nos acordemos, quién lo sabe, de lo que hubiéramos querido olvidar. Sea como fuere, mientras las imágenes queden por delante de los nombres y los sentimientos por delante de las cifras, poco importa que nos cueste un poco más de tiempo colocar los asuntos en su terreno preciso. Con saber a quién queremos y quién nos quiere es suficiente, aunque los rasgos se difuminen, aunque el sonido de la risa se vaya perdiendo. Porque después, cuando el hueco se ensanche, todo sonará igual, todo olerá igual… o casi.


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