Tras la tempestad llegó la calma, aunque más de uno no pasó el día de resaca como esperase. Las primarias del PSOE concluyeron con un resultado tan vaticinado por las bases y como temido por el aparato: Pedro Sánchez se alzó con una aplastante victoria sobre la andaluza Susana Díaz y el vasco Patxi López. Y créanme que la procedencia aquí ha sido determinante para que Sánchez le sacara 10 puntos a Díaz. El mensaje del sur no ha calado en el norte, y si me apuran, ni el este ni el oeste. Es más, fuera de su feudo andaluz, los números han sido deprimentes.

Las primarias nacionales del partido socialista han servido también para medir las fuerzas en Extremadura. Fernández Vara se postuló públicamente a favor de Díaz. Si lo analizamos en clave regional, con consecuencias escalables, podríamos deducir que el actual secretario general de los socialistas extremeños carece de apoyos internos suficientes para afrontar con garantías una reválida como máximo mandatario. En medio de este convulso proceso, poco tardó la antigua consejera de Educación, Eva María Pérez —que además lo fue durante su etapa— en presentar su candidatura, o la más reciente, el anuncio de Leonor Sánchez Pereda —consejera de Vivienda durante la etapa de Ibarra— de concurrir a las primarias regionales “gracias a los ánimos de muchos compañeros”.

Paradojas de la política, lo que ayer era lealtad hoy se convierte en llamamientos a la unidad. Los adversarios políticos pasan a ser compañeros al día siguiente. ¿Es posible que alguien que ha hecho campaña en contra de un candidato pueda pedir el voto para ese mismo candidato? Es complicado buscar argumentos para recuperar la coherencia. El ciudadano exige madurez en los razonamientos y las primarias —lejos de ser un ejemplo de democracia interna— se han convertido en una guerra fratricida exhibida a plena luz del día. “Ahora toca recomponerse”, dicen para cicatrizar las heridas, pero lo cierto es que la campaña que han llevado a cabo los tres candidatos no deja un partido socialista más sólido, sino descompuesto y resentido.

Le toca el turno ahora a Extremadura y a sus primarias. La lealtad de tus antiguos compañeros se convierte en “fiesta de la democracia” o “diferentes puntos de vista”. No es difícil imaginar que Vara se sienta traicionado por aquellos en los que confió. Pero más allá de este tipo de análisis, lo cierto es que los procesos electorales tienen un alto índice de desgaste. Algo que el PP controla a la perfección: los trapos sucios se lavan en casa.


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