La temperatura de las palabras
José María Cumbreño

Cuando, hace algo más de dos años, comenzó la legislatura en la que ahora mismo nos encontramos, una de las decisiones del nuevo presidente que más nos sorprendió a muchos fue la de eliminar la Consejería de cultura. El argumento que entonces se dio, lo confieso, a mí me pareció de lo más inconsistente. Y es que se trató de justificar esa medida asegurando que se consideraba que la cultura era tan importante que la propia presidencia se iba a encargar de ella.

Yo estaba con la mosca detrás de la oreja. Más que nada porque Fernández Vara sabrá mucho de muchas cosas. No dudo de ello. Sin embargo, no es precisamente la cultura el ámbito que mejor conozca nuestro presidente. Poco después, se nombró Secretaria General de Cultura a Miriam García Cabezas, de quien, además de que había sido concejal de cultura en Villafranca, pocos más datos había.

Se ve que para nuestros dirigentes la cultura nunca va a merecerse una silla propia

Enseguida la recién estrenada Secretaria General de Cultura empezó a darnos una lección a los que tan pocas esperanzas teníamos en que aquello saliese bien. Porque Miriam García Cabezas creo que ha realizado un estupendo trabajo durante el tiempo que ha representado la máxima autoridad de la región en el ámbito cultural. Me parece de justicia reconocerlo.

Hace unos días se anunció la resurrección de la Consejería de cultura. Bueno, de cultura y de más asuntos. En concreto de cultura, igualdad, juventud y deporte. La consejera elegida no es alguien que venga del mundo de la cultura. Ya veremos qué tal lo hace. Por el bien de todos, espero que de fábula. Lo que me inquieta, eso sí, es que también tenga que atender los asuntos de igualdad, juventud y deporte. Se ve que para nuestros dirigentes la cultura nunca va a merecerse una silla propia. Pensemos en la cantidad de políticos (el concejal de Cáceres, por ejemplo) que reparten su tiempo entre la cultura y otra actividad. El resultado es que ambas se quedan como a medias. Y esta región no puede permitírselo. Necesitamos que nuestros artistas se queden aquí. Y que vengan otros de fuera. Necesitamos que nuestros mejores escritores, pintores, escultores, cineastas, actores o músicos no se marchen de Extremadura. Porque aquí, más que una fuga de cerebros, lo que estamos padeciendo es una auténtica marcha zombi.


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