La temperatura de las palabras
José María Cumbreño

Desde hace unos días, cualquier persona que pasee por el centro de Cáceres se encontrará, a la altura de la fuente luminosa, con una enorme bandera de España que cuelga de un mástil metálico de doce metros. La propuesta de colocarla allí, según parece, fue de Ciudadanos. El PP enseguida la apoyó. Al izado inaugural no asistieron ni el PSOE ni Podemos.

Juzgando el hecho con ligereza, podría pensarse que se trata de la vieja historia de siempre: la de las dos Españas de las que hablaba Machado. Sin embargo, creo que merece la pena rascar el barniz de la superficie para tratar de no quedarnos con la primera impresión.

Sinceramente, se me ocurren varios usos más urgentes y necesarios para los 6000 euros que ha costado la bandera de marras. Qué quieren que les diga, estando como están las cosas con los efectos de la dichosa crisis (que, a pesar de lo que repitan algunos, ni de lejos ha pasado), me parece que esa cantidad se podría haber dedicado a atender necesidades que de verdad lo fueran.

En el acto inaugural, los políticos que intervinieron aludieron a la bandera como símbolo de unidad. No se nombró de manera explícita, pero resulta evidente que el fallido intento de independencia de Cataluña constituía el origen de todo aquello. ¿Patriotismo? El patriotismo es otra cosa.

El patriotismo, por ejemplo, consiste en no robar a los ciudadanos cuando se tiene un cargo público.

El patriotismo, por ejemplo, consiste en no llevarse el dinero a paraísos fiscales.

El patriotismo, por ejemplo, consiste en no buscar la manera de defraudar a Hacienda.

El patriotismo, por ejemplo, consiste en no desvalijar la hucha de las pensiones.

Por cierto, y ya puestos a referirnos a ciertos símbolos, tal vez estaría bien empezar a plantearse si todos nos encontramos cómodos con los que se supone que representan a nuestro país. Y es que no logro quitarme de la cabeza aquella grabación en la que Victoria Prego entrevistaba a Adolfo Suárez, quien no tuvo ningún rubor en admitir que en su momento hizo trampas para no someter a referéndum la posibilidad de que España dejase de ser o continuase siendo una monarquía, ya que las encuestas apuntaban a que vencería la opción de que volviésemos a convertirnos en una república. Esa entrevista tiene más de veinte años. Pero no ha pasado nada. Increíble. Es como si hubiésemos olvidado que un dictador golpista nos impuso un rey, un himno y una bandera. Sí, la misma que desde la semana pasada ondea en el Paseo de Cánovas.


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