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Historias de Plutón /
José A. Secas

Hay que reconocerlo: todos llevamos un hortera dentro. Lo tenemos reprimido, como al niño inocente que creció y creció y se hizo ese adulto políticamente correcto, vergonzoso, un poco bobo y nada divertido. Nos gusta ponernos (vestirnos) cómodos sin mirar la estética o los años de la prenda y tenemos apego a ciertas piezas trasnochadas de nuestro vestuario donde el valor sentimental pasa por encima de los dictados de la moda. Esas prácticas hedonistas las hacemos a hurtadillas en la “más estricta intimidad”. Junto con el primer pedo compartido, el verdadero signo de confianza se produce cuando permites a tu pareja que te admire en todo tu esplendor vistiendo ese jersey tan blandito del uso reiterado, ese pijama tan cómodo de hace años o esa camiseta tan roñosa a la que le tienes tanto cariño. Y solo hablo de la parte “cómoda” porque la cantosa, la desfasada, la que era guay y ya no lo es, la horrible estéticamente vista con los ojos de hoy, la ecléctica, la gazpachera, la surrealista, la sin gusto, la extravagante, la del armario de las titas… eso; eso es un tesoro.

En estas contradicciones andamos (¡benditas contradicciones!) discerniendo entre reprimir ese instinto liberador o permanecer en el redil, si abrazar la libertad de expresión (y manifestación) o permanecer entre los márgenes de la amplia mayoría, si ponernos cómodos o ponernos el uniforme, si salir por peteneras o mantenernos en el camino que nos lleva directo a la mediocridad de la rutina patatera, si liberar a ese niño que todos llevamos dentro o portarnos comodiosmanda, si lanzarnos al gozo y al disfrute de un magro divertimento: el de la fiesta sin tapujos o hacer lo de todos los findes que tampocoestamal.

La verdad es que lo he planteado como una dicotomía equilibrada y este dilema se revela con una evidente y sesgada posición: me mojo, me tiro al monte, me tiro a la piscina, me tiro a la Bartola (después) y me voy a Matalascañas (Huelva, España) a Horteralia Summer Edition a desmelenarme y a divertirme por todo lo alto. Me voy porque me lo ponen a huevo y ya sé de qué va este fiestorro, me voy porque estoy aburrido de tanta tontería y moñiguez rutinaria y necesito (como tú) mover el esqueleto, echarme una risas, hacer el ganso y desprenderme de la caspa que me rodea en el día a día. Me voy porque van muchos amigos y porque sé que allí voy a encontrar más. Estoy seguro de que me voy a relacionar con gente tan loca como yo que va a ir (confirmado) desde los cuatro puntos cardinales solamente para tener la suerte de estar conmigo, contigo y con Georgie Dann. En fin, ¿qué os voy a decir que vosotros no sepáis? Si lo habéis probado en invierno, en la playa va a ser la pera limonera y si no sabéis de qué va, esta es la oportunidad para hacerle un homenaje a la vida y a ese hortera que llevas dentro y clama por ser feliz.


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