c.q.d.
Felipe Fernández

Hay esperanza; entre los sucesos diarios que nos hacen indigeribles los telediarios de todas las cadenas; en medio de las repugnantes noticias que tocan hasta las oenegés más reputadas – no quiero ni pensar cuántos ahorcamientos virtuales hubiera habido si la organización en cuestión perteneciera al ámbito católico-; al lado de catalanes intrépidos que exploran otros territorios para internacionalizar el ridículo, en un instituto público de secundaria de la capital olvidada de una región deprimida, materialmente cerca, pero intelectualmente lejos, se adivinan risas nerviosas y temblequeos de manos encima del escenario. Durante los recreos de esta semana me he conmovido observando como chavales de entre 12 y 17 años son capaces de buscar, preparar y leer poemas de amor delante de sus compañeros, cantar e interpretar esos poemas, o hacerse acompañar por otros compañeros tocando un instrumento musical.

Cuando veo reproducidas las mismas dudas, los mismos nervios, tengo la sensación de que lo esencial no ha cambiado

A lo peor, Rousseau tenía razón y somos nosotros, los adultos, los que vamos corrompiendo a estos chicos que acreditan un corazón y una sensibilidad a prueba de mezquindades. Quizá deberíamos conservar siempre el alma de un niño en nuestros envejecidos cuerpos negando el poder de la idiocia y la mentira, o quizá deberíamos girar la vida para empezar siendo adultos y terminar siendo niños, plenos de ingenuidad y buenas intenciones. Sea como fuere, lo cierto y verdad es que la paradoja más grande de nuestra existencia es que nos pasamos media vida queriendo ser mayores y, finalmente, lo somos sin remisión, pero con los recuerdos demasiado cerca. Por eso, agradecidos por disfrutar de una profesión que nos permite adivinar el futuro, que nos concede trabajar con los próximos protagonistas, es imposible no sonreír observando nuestras juveniles inseguridades repetidas, aceptando la inevitable realidad de que “nadie escarmienta en cabeza ajena”, comprobando día a día que, a pesar de todo, la vida sigue su camino y otros van ocupando nuestros espacios. Y así me recuerdo, escribiendo poemas horribles pero sentidos, enamorado sin medida ni correspondencia posible, inseguro e impulsivo hasta el llanto, amigo y enemigo íntimo en un solo acto; así me recuerdo, temblequeando delante de ella, eligiendo las palabras para no parecer ni demasiado brusco ni demasiado idiota, bebiendo y fumando exactamente para no ser diferente. Así que, cuando veo reproducidas las mismas dudas, los mismos nervios, tengo la sensación de que, aunque todo se modifica, lo esencial no ha cambiado. Y recupero la esperanza.


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