Ya está aquí la primavera. Uno de estos días luminosos y frescos, con el campo empapado por las recientes lluvias, quiero echarme a andar por el monte que tenemos al lado de Cáceres, La Montaña por más señas, y recorrer senderos o caminos malamente trazados que pasan al lado de casonas diversas, cercas que delimitan terrenos particulares y espacios casi vírgenes. Hay diferentes zonas en la Sierra de la Mosca, por supuesto, las hay prácticamente intactas y cubiertas de matorral (la jara lucirá su flor blanca más tarde, al final de la primavera), y aquellas que combinan el bosque autóctono —encinas, pinos, quejigos, acebuches e incluso alcornoques en las mejores umbrías— con el arbolado sembrado por el hombre, como los pacientes olivos. Uno se siente feliz de sentir la brisa en la cara cuando camina monte arriba o monte abajo, en un saludable ejercicio físico al que se añade el maravilloso impacto visual de los almendros en flor, las blancas acacias o los fragantes frutales que crecen en las parcelas. El perfume de la primavera y el verdor de los campos acompañan los pasos incluso al topar con ruinas como las de Valdeflores, en el decadente romanticismo de su abandono decimonónico. Qué idea tan buena sería adecuar las antiguas galerías para visitas guiadas que expliquen cómo fue el boom de la minería cacereña en el siglo XIX. En cambio, la ruina del antiguo hospital tuberculoso, que ocupaba los terrenos del Ayuntamiento en lo más alto, ha desaparecido excepto en los cimientos. Ojala los convirtieran en un centro de interpretación de la naturaleza que fuera al mismo tiempo albergue juvenil y centro de control del futuro espacio periurbano La Montaña… Qué poco cuesta soñar, sobre todo cuando se camina solitario y feliz, sin más compañía que el piar de las aves y el suave rumor de los campos. Paz, cómo la necesitamos en esta frenética sociedad llena de ruidos.

Hay un ruido que desde hace bastantes meses atormenta nuestros oídos, y es el rumor amenazante de la infame mina de litio proyectada en el paraje de San José de Valdeflores. El “valle de las flores” se quiere así mutar en una explotación minera a cielo abierto que remueva toneladas de “tierras raras” para filtrar un poco de litio. Se pretende escarbar un cráter como mínimo de 400 metros cuadrados de diámetro mediante explosivos y maquinaria pesada, al fondo del cual se formaría una enorme charca de aguas contaminadas que, obviamente, tendría que ser alimentada gracias a las aguas limpias que yacen en el subsuelo del Calerizo. Cualquiera que esté en su sano juicio se da cuenta de la atrocidad de este proyecto, y afortunadamente casi todos los partidos políticos del ayuntamiento cacereño han secundado la magnífica labor de la Plataforma Salvemos la Montaña, el movimiento cívico ciudadano que ha surgido como oposición a la Mina. Sin embargo, los intereses económicos que se han generado en torno a la pretendida explotación de litio son poderosos, pues el dinero mueve montañas (nunca mejor dicho) y los accionistas de dos grandes empresas asociadas —una multinacional y otra nacional— no están dispuestos a soltar la presa tan fácilmente. Como argumentos a favor de la Mina alegan un número indefinido de puestos de trabajo y las posibles empresas subsidiarias en la extracción del mineral, un señuelo muy poderoso en una ciudad como Cáceres, que vive de los servicios y apenas tiene industria. Así como los pueblos y ciudades de la Vega del Guadiana florecen gracias a los cultivos de regadío, al procesamiento industrial y exportación de los productos agrícolas, las tierras de secano de la Alta y Baja Extremadura se han quedado paradas en el tiempo con sus enormes explotaciones ganaderas y sus cotos de caza. Desde mi punto de vista, la declaración de los llanos de Cáceres como zona ZEPA (es decir, de protección de las aves, en especial la avutarda) fue un error de cálculo y se concedió con toda facilidad en los años setenta precisamente porque no se le daba importancia económica a la llamada “penillanura trujillano-cacereña” despoblada en su mayor parte de dehesas. Paradójicamente, lo más importante se dejó sin proteger, es decir la Sierra de la Mosca, porque ya en los últimos años de la dictadura se contemplaba el peñón que se extiende entre Cáceres y Sierra de Fuentes, con el Santuario coronando su cima, como un privilegiado espacio urbanizable.

Una y otra vez el ruido de lo económico atrona los oídos o, como diría hace años el pastor de una finca, “para poesía solo, pues no”. Al oír eso uno se queda dubitativo, pero, con lo que sabemos hoy, se comprende que de la poesía se puede y se debe vivir, es decir: No es que nuestra pequeña capital de provincia deba quedarse varada en el tiempo, multiplicando el número de funcionarios y languideciendo con los estudiantes o con el turismo cultural en torno a la Parte Antigua. Al contrario, si quiere progresar, crecer y prosperar, Cáceres debería adelantarse a los tiempos y no quedarse atrapada en el pasado, lo que significa no esperar “que vengan a dar algo”, llámese explotación minera, convocatoria de empleo público, subvenciones de cualquier tipo o tren de alta velocidad. Nadie va a venir a salvarnos, el Estado protector o salvador, sea la Junta de Extremadura, el Ayuntamiento de Cáceres o el Gobierno Central de Madrid está más que de sobra endeudado y tiene otras prioridades que atender. No es buena idea seguir tapando agujeros con agujeros, es decir, multiplicando el gasto público. No hay más que mirar a nuestro alrededor, al ancho mundo, para darse cuenta de lo que están cambiando las cosas, y el que no se haya dado cuenta se va a quedar atrás y para siempre. Porque, entre otras cosas, una empresa económica resulta “viable” en la medida en la que reduce la mano de obra a emplear, lo que se suele llamar “optimizar” o “racionalizar” los procesos. Lo estamos viendo de sobra a nuestro alrededor con la informatización generalizada de la administración, pero también de la industria y, en general, de cualquier actividad laboral. Con lo cual es de ilusos suponer que una empresa minera extranjera vaya a regalar a Cáceres más puestos de trabajo que los estrictamente necesarios para mover la maquinaria especializada, y estos además, por ser altamente cualificados, vendrán de fuera. Si las administraciones tienen una función, no es tanto la de “hacer” como la de “dejar hacer”, es decir, facilitar los procesos comerciales que lleven a la creación de riqueza por los particulares, dejar que fluyan las nuevas ideas, apoyar sin reservas las pequeñas empresas y ayudar mediante beneficios fiscales a la implantación y consolidación de las mismas. Sobre todo los procedimientos burocráticos deben simplificarse y agilizarse considerablemente, un requisito sine qua non para animar a los ansiados inversores. En otras palabras, lo que tiene que cambiar es la actitud, salir de la pasividad del “recibir” para entrar en el dinamismo de lo que se quiera y pueda hacer, siempre que las circunstancias lo permitan. Empezar a generar un clima de confianza y optimismo que de por sentada la seguridad jurídica, porque por otro lado la naturaleza ha sido generosa con nosotros prestándonos espacios naturales privilegiados, exactamente lo que ahora escasea en muchos lugares.

La alcaldesa de Cáceres ha mostrado una actitud valerosa al oponerse al proyecto de la mina en Valdeflores, y todos los cacereños deberíamos apoyarla si reservas al margen de nuestra opción política, pues no ha sido una decisión fácil. Las presiones a las que se ve sometido el Consistorio son considerables, pero, como antes se dijo, la actitud debe cambiar si queremos que esta ciudad prospere. Hay algo que tenemos al lado de Cáceres sumamente valioso, algo que combina perfectamente con el único camino que le queda para generar riqueza sostenible: un paraje natural soberbio que sin embargo tiene la suficiente ocupación humana como para convertirlo en un modelo mixto de ocio, cultura, religión y naturaleza. Nos estamos refiriendo por supuesto a La Montaña, que complementaría perfectamente, ampliándolo, el turismo cultural que ya tiene Cáceres gracias a su casco histórico. El resto es una labor de marketing. Seamos verdaderamente inteligentes, no pongamos en peligro lo que la naturaleza nos ha regalado y que año tras año la primavera renueva aquí, justo a nuestro lado.

Juan Pedro Rodríguez-Ledesma


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