Reflexiones de un tenor
Alonso Torres

Dicen las buenas lenguas que Marilyn Monroe se ponía para dormir solo unas gotitas de Chanel Nº 5, y yo para escribir necesito llevar pantalones largos (soy una persona pretendidamente seria), así que abandono las calzonas deportivas de la noche y me coloco unos vaqueros, eso sí, de estar por casa.

He ido dos veces, desde su borbónica reapertura (más policías por metro cuadrado, de uniforme y de paisano, que para detener a Puigdemont, y con impedimento de la manifestación que quería demostrar su desafecto para con la institución monárquica, o sea, solo parabienes para los regios oídos), digo, que desde su reapertura, he ido en dos ocasiones a la cosa esa de Helga de Alvear, porque está claro que ella es una señora muy lista y muy negociante (es marchante de arte) que cae bien a los responsables gubernamentales (a los elegidos por el voto ciudadano y a los que están en el trono por una cuestión seminal, de semen), pero no está claro, o por lo menos yo no lo tengo claro, de qué forma y manera llamar a su Espacio expositivo/Galería de arte/Museo subvencionado de uso privado/Fundación; total, que dos veces he ido para allá, a lo nuevo (lo viejo otrora fue la casa de los abuelos de mi amigo Benedicto Galán y después pasó a ser “lo de los papeles de la Universidad”, y al convertirse en La Fundación Helga de Alvear desaparecieron de allí suelos de parqué históricos, techos de madera ricamente tallada, cristales emplomados de puertas con escenas de viticultura y de mitología grecorromana, y retorcidas y doradas barandillas de escaleras para terminar, todas esas ricuras, en casas y chaletes de los más listos del barrio institucional), repito, he ido dos veces a lo que Tuñón ha diseñado para doña Helga de Alvear, por cierto, bastante parecido a lo que se hizo para el hotel/restaurante Atrio, de esta misma ciudad.

La primera con mi amiga y creadora de art-brut, Eli Bravo Cano, y la segunda con Hernán Pacheco Puig, artista polifacético y estudioso del arte, y con Guillermo Alonso Iriarte, compositor, intérprete y Bach redivivo. Ambas fueron fructíferas desde el punto de vista de la amistad y del arte. Eli “sacó” fotografías maravillosas (tiene la colega unos encuadres mágicos) que le valieron la felicitación y etiquetación (en redes sociales) del propio Espacio Expositivo, y con los otros dos creció mi sapiencia en teoría del arte. Me reí en ambas visitas (quiero volver una tercera vez, esta vez solo, para sonreír, porque a mí el arte moderno, además de gustarme me hace gracia: tan solo tienes que seguir la pista de la pasta), disfruté de lo compartido, de lo charlado, de lo hablado con las personas contratadas por doña Helga, todas muy preparadas, y me gustó bastante/mucho lo que vi, pero con matices, muchos, porque como dijo aquel (un comunista del que no recuerdo el nombre), “Alonso, todo es política, incluso en tu elección de desatarte los cordones de los zapatos o de no hacerlo, estás haciendo política”. Los matices también vienen porque ha recaído (lo leí hace como seis años) en mis manos un ensayo del místico de Tolstòi, “¿Qué es arte?”, un libro que le robé (o por lo menos así quiero pensarlo, que robo libros a mis amigos) a Guillermo, aunque es muy probable que él mismo me lo dejase/diese; ya saben, solo hay dos tontos, el que deja libros y el que los devuelve. En él, el Maestro dice que para que una obra de arte sea eso, una obra de arte, debería cumplir con estos tres parámetros y/o requisitos: 1º, que el artista tuviera una relación correcta con lo creado, o sea, ser una obra moral (¡pobrecito mío, hoy los tiempos adelantan una barbaridad, como las ciencias!); 2º, que fuera, la obra de arte (poema, narración, música, pintura, escultura, arquitectura…), bella, jajajjajajaj, los cánones, bendito ruso, han cambiado mucho desde su muerte; y 3º, que el artista fuera sincero, ¡¡¡trakatón!!!, ¡mátame, camión!

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