La bruja Circe

Cuantas veces oigo ‘esto no es vida’, ‘mi vida está vacía’ u otras expresiones que demuestran cuanto infravaloramos cada instante de nuestra vida, lo cierto es que solo deseamos lo que nos agrada y no es así, toda la vida es vida. No solo los instantes gratos, las cosas, las gentes o las costumbres que nos complacen. Cuando comprendes eso percibes la vibración constante, los hilos que nos unen al cosmos y esto ocupa toda nuestra atención. Lo que llamamos malo, los momentos de dolor y momentos de la risa, la familia, los triunfos y los fracasos, los momentos de amar y los de llorar… el ruido, la compañía, la amistad es vida y también la soledad, los silencios. Todas las cosas que nos ocurren tienen importancia y cada una de ellas una parte indivisible de nosotros mismos. Los menos agradables también nos pertenecen. El dolor, la duda, el no saber. Todo se une para formar el conjunto indisoluble que es nuestra vida. Rechazar una parte de ella es rechazar una parte nuestra.

Somos todo y tenemos que acoger todo. Todo lo ocurrido ha ocurrido, somos lo que somos, arrastramos lo que somos y nuestras experiencias. De modo que no se puede construir lo que somos solamente con lo que nos agrada, que hemos de amarnos en el conjunto que también incluye errores, fracasos, pena, ira, o desconcierto. Puede que no nos agraden algunas de nuestras facetas, algunos hechos del pasado, cosas ingratas, pero tenemos que acogerlo todo, acogernos íntegros, amarnos a pesar de lo dificultoso que es poder decir “me amo” conociendo nuestros trapos sucios.

Porque uno ha de amar este ser desvalido, inseguro, o frágil, que cada uno es y sin embargo ha de hacerlo, por encima de juicios previos desastrosos, de los repetitivos auto-reproches, y de la rabia no disimulada. Hay que amarse por encima del desamor. Amarnos tal como somos. Reconciliarnos con nosotros mismos, sin condiciones ni reparos. Todo es vida.

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