El último diente de leche
Víctor M. Jiménez

Por muy lobo que uno sea, mejor no meter la pata enharinada bajo la puerta del hogar de los siete cabritillos.

El más pequeño de todos maneja con precisión la motosierra que hace tiempo le regaló el trapero de inocencias.

Si el engaño no muda de piel no hay forma.

Solo queda el comedor social que reparte menús para exiliados de las fábulas y la espera infértil de días pasados, que siempre fueron mejores (a pesar del olor a rancio de los sótanos).


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