El iceberg – Microrrelatos
Víctor M. Jiménez

Era evidente que don Juan, el jefe de estudios, andaba mal de la vista desde hacía mucho tiempo. Él no quería reconocerlo, a pesar de que sabía que los alumnos le llamábamos «Rompetechos», como aquel entrañable y divertido personaje de los tebeos de Ibáñez que tanto nos gustaban. Algunos de los profesores le lanzaban indirectas que él captaba perfectamente, porque de tonto no tenía un pelo, pero callaba por no admitir que los ojos se le iban empañando a medida que transcurrían los trimestres.

El buen hombre tenía la costumbre de escuchar tras las puertas de las aulas, para asegurarse de que todo estuviera en orden. Solo debía oírse la voz firme del docente de turno o las vocecillas tímidas de los alumnos cantando la lección. Si escuchaba jaleo, entraba con la autoridad que le daba su rango y conseguía que volviera la calma con varios castigos lanzados al azar, pues no acertaba a distinguir quiénes eran los infractores y quiénes los alumnos aplicados. Lo de «justos por pecadores» quedaba así patente en aquellas demostraciones de jerarquía a las que no había réplica posible.

Pero el día que doña Herminia, la directora, lo sorprendió con la oreja pegada en la puerta del cuarto de la limpieza, tuvo que admitir avergonzado su limitación. Este hecho fue celebrado en la sala de profesores a sus espaldas, por supuesto, porque su carácter, seco como un palo, repelía cualquier amago de broma.

Se operó de cataratas y al poco tiempo ya estaba de vuelta, pero el mote no se lo quitó de encima ni con las nuevas promociones de alumnos, que ni siquiera sabían quién era el famoso personaje de los tebeos.

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