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René Magritte pintó una pipa y escribió a continuación: “esto no es una pipa”. Quería dejar patente que existía un abismo entre realidad y ficción. Esto mismo lleva ocurriendo en el periodismo desde tiempos inmemoriales. Por eso los periodistas, en el tránsito que existe entre realidad y representación, no deben obviar nunca los valores que han hecho de esta profesión lo que es, uno de los pilares en los que se sustenta la democracia.

La misma diferencia existe entre lo original y la copia. Aunque tuviéramos entre las manos un objeto que replicase con absoluta verosimilitud el peso, volumen, proporción y equilibrio que la fuente de la que surge, nunca podría equipararse pues lo original conlleva un acto de amor, dotándolo de alma y ánimo. Y esto también nos afecta a nosotros como ciudad. ¿Queremos ser original o copia?

Como ciudad somos la suma de ciudadanos, por eso es tan importante lo que pensemos, lo que decidamos, no solo hacia dónde queramos ir sino cómo queramos llegar.

A veces tengo la sensación de que hemos convertido el conformismo en una suerte de penitencia que nos acompaña como a los norteamericanos “su destino manifiesto”. Nos refugiamos en la divina providencia como el mecanismo que rige nuestras vidas y se nos olvida que cualquier acto de voluntad y de creación tiene inmediatas consecuencias en nuestro círculo y de ahí propagarse como las ondas en el agua. No hace falta que Paulho Coelho nos diga que debemos ir en busca de lo que queremos ser. Tenemos que ir. Cáceres tiene gente con una inmensa capacidad proactiva de proponer y actuar, y en eso nos tenemos que basar para seguir dando pasos hacia delante.

En un momento en el que resistir se ha convertido en todo un mérito, no podemos conformarnos con aguantar el embiste despiadado de las olas. La cultura tiene una inmensa capacidad regenerativa, mucho más que la baba de caracol, pues tiene esa capacidad subversiva de promover el pensamiento, plantear nuevas soluciones para los mismos problemas.

Ya sea escribiendo, componiendo, interpretando, fotografiando, o dirigiendo, la creación se convierte en cultura. Y es justo en momentos de incertidumbre, de zozobra, de retos soberanistas, de ruptura de diálogos y enfrentamientos, cuando la cultura se convierte en un nexo de unión.

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