La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Por aquel entonces, hace mucho, la prensa era vespertina, llegaba a lo quioscos a primera hora de la tarde. Una de mis tareas en el entramado familiar me obligaba a recogerla, cosa que hacía pasadas las siete tras concluir la jornada lectiva, tan larga que más parecía una condena con agravantes que un periodo de instrucción. El contenido variaba según el día de la semana, pero nunca acarreaba un único diario porque mi padre compraba el periódico regional, que informaba de aquellos acontecimientos que nadie más tendría en consideración, y otro de tirada nacional mucho más enjundioso, con contactos ministeriales y plumas de prestigio; por descontado, ambos compartían las mismas restricciones (vamos, la censura de toda la vida) aún muy considerables. Además, entraban en casa algunos semanarios de diferente trasfondo y los lunes, por supuesto, uno estrictamente deportivo que resumía la jornada dominical y gozaba de inquebrantable aceptación. Claro, todos aquellos ejemplares, aparte de proteger los suelos recién fregados, envolver el bocadillo o amontonarse en los rincones olvidados ya en su decadencia, servían para ser leídos y en un hogar huérfano de internet y de televisión a la carta, cobraban un protagonismo que han perdido ahora, incapaces de mantener la suficiente entereza como para oponerse en equilibrada lid a tan poderosos enemigos. A pesar de ser los hermanos desvalidos cuando tienes a tu alcance una librería repleta de reconocidos talentos literarios, la lectura de rotativos aportaba no pocas satisfacciones porque en el maremágnum de noticias de actualidad, ecos de sociedad y necrológicas siempre surgían fragmentos que bien podían haberse ubicado en páginas de mayor tronío. Eso y su olor, el tacto del papel más humilde, el sonido de sus grandes páginas que parecían decir adiós al replegarse sobre sus hermanas, mientras suspiraban por obtener su mayor triunfo: sobrevivir al ser recortadas y almacenadas por su particular relevancia, como el toro tan bravo y noble que se gana el indulto. La prensa escrita se ha convertido en una fuente evocadora de momentos que se han visto obligados a transformarse para sobrevivir; quién no recuerda el desayuno dominical, sin las prisas de la semana, acompañado por el diario que todavía llegaba al buzón de tu casa; cómo olvidar el descanso en la barra de un bar que antes disponía una amplia oferta de noticiarios para satisfacer a todas las exigencias hasta que la televisión y el móvil los mandó al ostracismo; quién no los ha considerado el mejor remedio para mitigar la inquietud en las interminables esperas de la consulta del odontólogo en las que ya solo puedes encontrar revistas insulsas sin fecha de caducidad y, sobre todo, un ostensible cartel que te ofrece la contraseña de la wifi.

Resulta cada vez más extraño cruzarse los días festivos con aquellos que han empezado la mañana en el quiosco y pasean un visible ejemplar – que desvela una parte de su alma – antes del aperitivo; puede parecer hasta insólito cuando a través de la red, en casa o fuera de ella, cabe la posibilidad de consultar no ya un periódico, sino prácticamente todos ellos, con el coste de nuestra línea telefónica. Las grandes empresas de comunicación se resisten a abandonar definitivamente el papel, aunque potencian cada vez más su versión digital porque son conscientes de que el futuro reside en ese formato. ¿Quizás también lo hagan para compensar a los nostálgicos antes que a sus accionistas? Obviamente no, los negocios no padecen nostalgia, tampoco disfrutan del tacto ni aprecian el olor. Sí saben de recortes, pero no son los que gusta conservar en el álbum de los momentos inolvidables. No os preocupéis lectores con costumbres definitivamente arraigadas: siempre quedará Avuelapluma.

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