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Cine /
EMILIO LUNA

Prisioneros (Prisoners, Denis Villeneuve, 2013)

El canadiense Denis Villeneuve se ha erigido como una de las grandes realidades del cine actual. Cualquiera lo diría al escucharlo. Comedido, tímido y perdido siempre en traducciones. Introspección de manual para un genio con la cámara. Lo demostró en Incendies (2011), ese drama de multigiros que nos acercaba el eterno conflicto árabe de una forma muy diferente. Desde las mismas vísceras. Obtuvo una nominación al Oscar en el apartado foráneo y se dio a conocer a la industria. De este modo, 2013 le ha brindado la oportunidad de estrenar dos filmes casi de manera simultánea: Enemigo (Enemy) y, la cinta que nos ocupa, Prisioneros (Prisoners). Ambas presentadas en la pasada edición del Festival de San Sebastián. Ambas con un notable Jake Gyllenhaal como protagonista. Sin embargo, son dos propuestas totalmente diferentes. La primera, es un thriller con rasgos metafísicos de atmósfera opresora. La segunda, en cambio, es una obra de suspense de manual. De perfecto manual. Deudora de la filmografía de David Fincher —especialmente Seven (1995) y Zodiac (2007)—, Prisioneros es tensión de cocción lenta, apoyada en la credibilidad que otorgan Hugh Jackman (Premio Donostia 2013), Melissa Leo y el citado Gyllenhaal. Dura dos horas y veinte pero pasa como un suspiro. Atrapa, atenaza y deja poso —y algún silbido—. El excelente guion de Aaron Guzikowski, unido a su excelente realización, factura un filme para el recuerdo. Lo hubiera firmado el mismo Hitchcock. Suspense de altos vuelos.

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