Historias de Plutón /
JOSÉ A. SECAS

Me arranco, bravo, a embestir contra la mentira. Estoy muy decepcionado con cosas que leo, me cuentan, descubro o me entero. Puedes plagiar novelas, guiones, poemas, canciones y hasta frases célebres, puedes copiar en los exámenes o suplantar a otras personas, puedes decir blanco y hacer negro y, lo malo, es que no pasa nada (terrible, al menos). La mentira está plenamente aceptada y algunos sicólogos la justifican en la infancia como mecanismo de defensa y camino de aprendizaje. Estamos hablando de las “mentirijillas” y de las “mentiras piadosas”… En realidad mentir está totalmente admitido y más que consentido; en algunos casos hasta se alaba y enaltece la mentira: Puedes fingir una caída en el área y provocar un penalti, puedes pedir una factura sin IVA, puedes falsear unos datos oficiales, puedes colarte en la fila fingiendo un despiste, puedes levantar un falso testimonio y generar un bulo, puedes dar una rueda de prensa repleta de datos falsos. Qué gracia, hasta hablando, se miente a la hora de hablar de la propia mentira con el lenguaje políticamente correcto: “inexactitud”, “ausencia u omisión de la verdad”, “falsedad”…

Miro atrás y, desde el refranero o el romancero hasta la lista de frases de famosos más visitada en la Internet, se ensalza el valor de la verdad

Esta avalancha de argumentos y ejemplos me han surgido solos; de verdad. No he tenido que hacer mucho esfuerzo para dibujar mi, tu, su retrato así: impunemente, en general, sin despeinarme. Y  lo malo es que según avanzo no paran de llegarme a la cabeza y al teclado individuos fingiendo enfermedades o siniestros, cuernos e infidelidades, firmas falsificadas, trolas malintencionadas, fraudes varios, embustes zafios de torpes que olvidan que se coge antes a un mentiroso que a un cojo. Y en este punto me engancho otra vez. Miro atrás y, desde el refranero o el romancero hasta la lista de frases de famosos más visitada en la Internet, se ensalza el valor de la verdad. Las leyes escritas y no escritas, las enseñanzas de los profetas de todas las religiones, la cultura, la razón, el sentido común y toda la moral habida y por haber reprueban la mentira, entonces, ¿por qué convivimos tan tranquilamente con ella?, ¿por qué la practicamos -unos más que otros- a diario?, ¿por qué no la reprobamos?, ¿por qué no la castigamos?

Entre el miedo y el egoísmo vamos construyendo el devenir de nuestras vidas limitadas y miserables. Reproducimos estereotipos falsos, transmitimos y perpetuamos actitudes fraudulentas y engañosas y preservamos erróneamente nuestra integridad apuntalando la existencia con el patrón común e impune de la mentira generalizada. En mayor o en menor medida todos somos unos mentirosos y me pregunto que hasta qué punto se puede ser totalmente sincero. Vuelvo a lamentarme de la escasa evolución de la especie humana y, de la misma manera que esgrimo un “mea culpa”, reconozco mi debilidad y me propongo enmendar mi actitud y comportamiento. Ahora me revisto de la firme convicción de que “la verdad, nos hará libres” (Jn 8,32) y miro, como siempre, con esperanza y optimismo hacia adelante.

 

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