c.q.d.
Felipe Fernández

Hay quien afirma, no sin cierta razón, que todos estos alardes de mala educación, insultos y pobreza discursiva de la vida pública son el reflejo exacto de la sociedad a la que representan. A base de falsear el concepto de democracia y manosearlo hasta la náusea, estos individuos, niños mimados con taras de hijo único, quejicas para lo banal e incapaces ante lo complejo, despliegan su retórica “poligonera de luxe” como si en eso consistiera el bienestar de los representados, en aplaudir sus astracanadas teatrales. Amparados tras un panorama mediocre, de impostura falseada, estudios discutibles o inexistentes y reacciones infantiles, los rufianes y sus mariachis campan a sus anchas, seguros de acaparar el foco que, ni de lejos, podrían atraer en la vida real. Si no fuera porque, en determinados momentos, mueven a la risa por la banalidad y la simpleza de sus argumentos, deberíamos estar seriamente preocupados: todo puede empeorar. Visto lo visto y la deriva que se adivina, deberíamos empezar a revisar los planes de estudios, de tal suerte que los títulos pudieran alcanzarse a pesar de los suspensos – ¡vaya menudencia! – a cambio de que los alumnos manejaran con soltura el campo semántico del agravio y la falta de respeto, y dominaran la carrera permanente por soltar la gilipollez más efectista; visto lo visto, las clases deberían versar sobre cómo aprender a manejarse con el lenguaje “chanclero” de la Colau y sus pandilleros, ignorantes bilingües donde los haya, pero oportunistas y maniobreros como pocos; viendo esta deriva en fin, los libros de texto deberían ser sustituidos por fragmentos elegidos de los programas televisivos más vistos, para llegar cuanto antes a la plena uniformidad, vulgar, mediocre, igualitaria si se quiere, pero -¡oh felicidad!- inclusiva a más no poder. Y es ahí, en esa república iliberal, cursi y sentimentaloide, en la que el ciudadano vería conseguidos sus anhelos democráticos, desaparecidas por fin las castas –solo quedaría la del tirano y sus mariachis- y protegidos policialmente los proyectos de vida, como debe ser. Llegados a ese punto, aun quedarán algunos fascistas a los que habrá que reeducar para que dejen de tener esas ideas tan absurdas del liberalismo y los derechos individuales, ¡puaj! Pero no hay que preocuparse; para cuando llegue ese momento, los centros escolares ya reclutarán “rufianes y mariachis” que montarán su particular astracanada y explicarán a los embebidos alumnos la verdadera democracia, la suya, la real. ¿Cuál si no?

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