Foto: Jose Cebriá

La amistad y la palabra
Enrique Silveira

El Cáceres de entonces no era ni mucho menos el de ahora. Utilizar para definirlo un adjetivo que le relacione con una década parece un ejercicio facilón, el problema es que no todas las décadas dejan la misma huella. Cáceres era por aquel tiempo ochentero. Se me dirá que antes había sido setentero y con antelación sesentero, como luego noventero, pero todos los que inauguramos la madurez por esos tiempos sabemos que los ochenta se distinguen de los demás decenios porque aprendimos como nunca y disfrutamos con más pasión que en otras épocas. Se podría decir que fueron años lanzadera, de los que dejan huella indeleble y al cabo se recuerdan con mucha mayor nitidez que aquellos más próximos pero no tan interesantes.

Cáceres aún no había conquistado su mención más apreciada, ser Patrimonio de la Humanidad; tampoco se había rodado en ella Juego de tronos, la serie que nos ha situado en el mundo; los camiones hacían temblar las casas de Gil Cordero y la Plaza Mayor, que había rehusado a llamarse de la Constitución y General Mola, para disgusto de unos y de otros, albergaba un variopinto gentío porque todos la considerábamos el centro neurálgico de nuestras existencias y, si deseábamos ver a alguien, seguro que estaría por allí.

Aquel Cáceres no permitía el anonimato; no giraba en torno a la Calle Mayor palentina, pero no difería demasiado, y sacar los pies del tiesto llamaba tanto la atención que la familia se enteraba de tus andanzas antes de que volvieras a casa. Eso sí, las calles empezaban a albergar un intenso aroma a continuo amanecer, a hábitos nuevos, a déjame, que me apetece mucho y no me importa lo que digan, en definitiva, a libertad.

Por entonces, ya se podían presenciar conciertos de cierta alcurnia, de grupos y cantantes que hasta ese momento solo veías en la tele y que de repente encontraron la manera de llegar a esa ciudad de provincias que llevaba más de dos mil años en el mismo enclave, en la que todas las grandes culturas habían dejado poso, pero había mantenido durante demasiado tiempo un idilio con la apatía y el tradicionalismo.

Los grupos de rock gozaban de enorme prestigio -sonido alto, greñas salvajes, letras desafiantes -, pero los cantautores también agradaban mucho y no existían normas que impidieran compaginarlos. Joan Manuel Serrat fue uno de los primeros en visitarnos; acababa de publicar En tránsito y a fe que viajó lo suyo porque llegó hasta nuestros lares. Probablemente hubiera llenado un recinto mucho mayor, pero en Cáceres no abundaban lugares que pudieran albergar un evento tan atractivo como los que ahora proliferan. El concierto se desarrolló en el único pabellón de deportes de la ciudad, que ni siquiera tenía nombre -luego se bautizó con el de un cacereño con el que se estaba en deuda -, pero que a los jóvenes de entonces nos parecía un descendiente del Madison Square Garden. Por supuesto hubo que hacer cola para sacar las entradas y el acceso parecía una procesión porque nadie quería perderse al vecino de Camprodón que se había ganado a pulso un prestigio de tal magnitud que no ha dejado de crecer hasta nuestros días.También aportaba el marchamo de rebelde antifranquista, capaz de negarse a cantar en Eurovisión si no lo hacía en el idioma que eligiera y afrontar las consecuencias. El ahora vetusto pabellón Serrano Macayo, fuente constante de nostalgias, rebosaba de un público muy emocionado. El concierto transcurrió con normalidad hasta que Serrat se detuvo para advertir que la siguiente canción sería Pare, un tema que él siempre ha cantado en catalán porque no la imaginaba en español. Para evitar un problema de incomunicación, nos dijo, tradujo la letra; después, la cantó en catalán. Como en los toros hubo división de opiniones, algunos silbidos, pero la mayoría del público aplaudió al final como a las demás interpretaciones. No podía ser de otra manera.

No tuvo reparos el cantante en mostrar la parte de su cultura que menos compartía con los espectadores de ese concierto -esos mismos espectadores estaban hartos de escuchar música en otros idiomas sin silbar al cantante-, pero quién le iba a decir por entonces a Serrat que habría en la actualidad catalanes que le tacharían de botifler, uno de esos insultos a los que son tan dados los independentistas para tildar a todos aquellos que no piensan aborregadamente como ellos, porque se supone que no es lo suficientemente catalán (la vida da tantas vueltas que  cuanto más la conoces menos te atreves a vaticinar lo que puede ocurrir).

No existe mayor riqueza que la diversidad de cultura; conocer a los demás e impregnarse sin discriminaciones  ni prevalencias de lo que puedan aportar es la mejor manera de conseguir una sociedad tolerante, respetuosa y alejada de los totalitarismos.

Serrat inicia su última gran gira y acabará en Barcelona tras deleitar en otros muchos lugares. Seguro que cantará en catalán y en español y seguro que algunos se lo recriminarán, aunque las tornas hayan cambiado y sea el castellano el perseguido. Seguro también que lucirá esa sonrisa suya tan característica y pensará: Algunos no habéis aprendido nada… y no será por falta de oportunidades.

 

2 COMENTARIOS

  1. Yo acudiba un concierto de Serrat en la plaza de toros, que fue multitudinario. No sé si puedes referirtevavese porvlas fechas.

    • Yo tb estuve en ese concierto de Serrat en la plaza d toros, que hubo tormenta, se fue la luz y Serrat siguió cantando

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