Desde mi ventana
Carmen Heras

Amables lectores, sepan que deseo felicitarles la Navidad y desearles unos días estupendos en compañía de sus seres más cercanos o queridos. Sean prudentes, el virus sigue haciendo de las suyas y debemos protegernos, no porque lo diga el Gobierno, sino por nosotros mismos y nuestro propio sentido común.

Al compás de estos tiempos tan confusos me ha venido a la mente la palabra “apetuste”. No, no aparece en el diccionario. La palabra “apetuste” es empleada en algunos lugares de Castilla para designar a una persona con falta de seso, huraña, desagradable, desastrosa. No es alguien, necesariamente, carente de inteligencia, pero si con falta de reflexión, maleducada en sus gestos y acciones.

En la deliciosa película británica “Emma” (2020), basada en la novela homónima de Jane Austen -crítica irónica de los convencionalismos sociales de una época que tantos seres humanos desdichados harían- se toma como una afrenta decirle a otra persona la verdad de algo cuando no es crucial y sí muy desagradable. Emma lo hace y deberá pedir perdón por mostrarse en extremo cruel e insensible. Cavilo que si hoy nos visitaran algunos personajes de la novela, sufrirían una conmoción viendo confundir franqueza con impiedad hacia el prójimo, veneno en vena contra él, bajo el pretexto de ciertas falsas moralidades.

Y es que cuantos más años cumplo más valoro la benevolencia en nuestros semejantes, esa cualidad que introduce un matiz indulgente en los juicios razonados, esa bonhomía que comprende los errores, aunque no los justifique, que sabe mirar para otro lado en aquellas situaciones sin importancia, sin merecimientos para resaltar. Sin duda hay preceptos indelebles que obedecer, hay acciones -sí o sí- ejecutables, pero también hay naderías, dimes y diretes de espacios televisivos, por poner un ejemplo, que nunca debieron existir, ni mucho menos tener sus audiencias. Frente a los equitativos y saludables, pululan por doquier demasiados administradores estrictos de la “norma” (para unos y no para otros), rodeados de una sarta de inquisidores y con toda una legión de acólitos que los aplauden. Son fieros y duros. Los “moralistas”. Los siempre huraños y enfadados. Contra todo y todos. Los que no creen en la redención.

Perdónenme ustedes. Yo los denomino los “apetustes” de la convivencia. Contaminan y no se puede con ellos. O sí, quizá pidiéndoselo a los Reyes, que fíjense que casualidad, son los padres. Nada de apoyarnos tanto en la escuela, que siempre se lleva de forma inequívoca todas las responsabilidades -ahora hasta es un centro de vacunación para los niños- de los hijos de otros. ¡Pero si los primeros educadores son los padres y las familias! Venga, a ver si acaso….Y lo dicho, ¡feliz Navidad, amigos! ¡cuídense!

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