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El suelo del parque se cubría de oro. Las hojas de los árboles describían, en su caída, trayectorias indefinidas al capricho de la brisa. Cada mañana el servicio de limpieza las retiraba, pero a las pocas horas un nuevo manto reemplazaba al anterior.

La mujer paseaba despacio de vuelta a casa. Sentía bajo los pies el crujido de la alfombra vegetal. En su cabeza aún resonaba el eco de las olas de un mar lejano y el sabor salado de los últimos besos. Aquellos días habían sido maravillosos, pero formaban parte del anaquel de cosas pasadas. Ahora la realidad se teñía del color de un cielo que amenazaba lluvia. Con las primeras gotas, aceleró el paso.

Llegó a casa empapada. Se quitó la gabardina y la dejó caer al suelo. Se secó el cabello y se vistió con ropa limpia. Luego  preparó un café bien cargado y se entretuvo en el conocido paisaje que le ofrecía la ventana de su habitación. Llovía con más intensidad. Sintió que otras nubes llamaban con fuerza a la puerta. Esta vez no dejó que las lágrimas brotaran. Se puso en pie y se dirigió a la cocina. Sobre la mesa descansaba un cesto con naranjas. Tomó una y la acarició con ternura. Entonces un rayo de sol cortó el cielo.

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