Con ánimo de discrepar
Víctor Casco

España es una anomalía entre los países europeos que han sufrido una dictadura en el siglo XX. Todas las naciones del continente que conocieron el totalitarismo, han ajustado cuentas con su pasado. Portugal con el Estado Novo de Oliveiro Salazar (derrocado en 1974); Italia con el Estado Fascista de Benito Mussolini; Francia, con la República colaboracionista de Vichy; Alemania, con el III Reich de Hitler. En consecuencia, no existe un mausoleo sostenido con fondos públicos y dedicado a Salazar, Mussolini, Petain o Hitler. Lo que sí existen son memoriales dedicados a las víctimas de las dictaduras fascistas, a quienes dieron su vida por la libertad, a los que honraron a su patria luchando por la democracia.

En Argentina se ha condenado a los generales que participaron en la represión de la Dictadura Militar. Este pasado miércoles, en Chile se ha decretado 18 años de prisión para los 19 militares que orquestaron y ordenaron la salvaje tortura y posterior fusilamiento del cantautor Víctor Jara.

En España tenemos al genocida, que durante 40 años mancilló este suelo, en el Valle de los Caídos, levantado por los presos republicanos en régimen de esclavitud, en una obra digna de su megalomanía y mal gusto. Porque, antes que nada, el Valle de los Caídos es un horror, una perpetración con alevosía y nocturnidad al buen gusto.

Urge sacar sus huesos de allí, y que su familia haga con ellos lo que quieran

Urge sacar sus huesos de allí, y que su familia haga con ellos lo que quieran. El cuerpo nos pide arrojarlos al basurero, la razón nos dicta que nunca debemos comportarnos como él dictador: en las cunetas reposan cientos de miles de republicanos.

Sacar a Franco, que el Estado no conmemore y celebre la dictadura, que se le retiren honores, que se suprima el Ducado de Franco (¡qué vergüenza!) y que ajustemos cuentas de una vez con nuestro pasado más oscuro, más terrible, más cruel. Y sobre el Valle en sí, dos posibilidades: reconvertirlo, para que sea un recordatorio permanente del camino que nunca debemos volver a transitar o entregarlo a la Historia, es decir, al paso del tiempo. Dejar que la naturaleza siga su curso.

En Alemania optaron por esto último ante las obras faraónicas del nazismo en Nuremberg. El polvo, la ruina, el viento actúan cada hora, cada segundo, de manera implacable, borrando cada rastro de la ignominia. Fascismo, nunca más.

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