Desde mi ventana
Carmen Heras

Un amigo me contó una vez, que algunas familias sin posibles para salir de vacaciones a la playa en el verano, se encerraban en casa con las persianas medio bajadas y al término de unos días de confinamiento autoimpuesto, aparecían rozagantes con tarjetas postales de lugares maravillosos, compradas ex profeso para el caso, y relataban a quienes querían escucharles, las múltiples vivencias de un asueto exquisito. Todo, menos aparecer como pobres diablos sin vacación.

Leyenda urbana o no, lo cierto es que en los pequeños lugares sigue importando mucho “el que dirán” y la construcción de un buen relato en las vidas de sus habitantes. Todavía existe quien mira a todas partes con aprensión, cuando habla con otro en la calle, si ese otro (por h ó por b) es pieza criticada en los mentideros. No sea que le retiren el saludo los guardianes de la verdad ortodoxa de la tribu. Pues de todo hay en las villas de nuestra época. Muy entretenidas con estas bagatelas hasta que llegó un maldito virus y con él otro tipo de miedo, un miedo adulto que puso a toda la población en un confinamiento seco y austero. Un poco antes de la primavera.

Es curioso como las personas inventamos frases, clasificaciones, símbolos y órdenes. También epopeyas ficticias. Somos sujetos convencionales, al parecer. Pienso estos días que la pandemia que sufrimos cambiará muchas cosas consideradas normales. Una de ellas, la referente a la imaginación, a lo mejor tendremos que tenerla más controlada pues hemos visto como mucho de lo imaginado se vuelve visible y habita entre nosotros. Otra será la importancia de nuestro propio compromiso en los asuntos de interés general, sin que nadie nos lo mande o ponga multas por no hacerlo, algo a lo que, hasta la fecha, prestábamos poca atención.

A lo mejor también debiéramos aprender a atenernos mucho más fielmente a la realidad, sin novelarla. En estos días, han llegado a mis manos dos vídeos de asuntos bien distintos. La temática del primero es sociocultural (la llamada “movida cacereña”); el segundo versa sobre la desigualdad y las posibles actuaciones en barrios marginales.

Lo denominada por algunos como “movida cacereña” tuvo lugar a lo largo de los años 80-90 del siglo pasado, surgida bajo la influencia del movimiento de ese nombre, ya existente en Madrid. El documento pone en valor una situación de ocio sociocultural en el Cáceres de aquella época. Hablan unos y no otros, por ello la narración de los hechos es incompleta. Quien la visione, sin tener otra información, puede quedarse con una idea inexacta de la historia. Con la parte dulce de la almendra y no con toda.

El segundo documento parece estar elaborado desde posiciones apriorísticas acerca de la desigualdad social y sus causas. Para concretizarlas, otra vez se da la voz a unas personas (y no a otras) que intervienen por separado hablando desde puntos de vista muy distintos: urbanísticos, económicos, sociales, políticos, etc. No existe un verdadero hilo conductor donde se enhebren todos los protagonistas y la clave de su aportación en las causas y hechos históricos que se exponen. Faltan tantos apuntes que, como en el caso anterior, la historia no es historia. Aquí, lo expuesto incluye lo negativo, abandonando todo lo demás.

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