Desde mi ventana
Carmen Heras

Han tenido que pasar 90 años, un día tras otro, para que una Sala del Congreso de los Diputados acoja el escritorio, propiedad de Clara Campoamor, sobre el que ella escribía sus discursos. Dicen las crónicas de su tiempo que fue una gran oradora, magnífica jurista, segunda mujer en darse de alta en el Colegio de Abogados, culta e influyente. Defendió, contra viento y marea, en 1931 el derecho de la mujer al voto en España. Y ganó en lo inmediato, ya que el voto femenino fue un hecho a partir de entonces, aunque pagaría un tremendo precio personal por ello con su propia marginación política, fuera de los partidos -uno la despreciaría y otro no quiso aceptarla-. Al llegar la guerra civil, hubo de exiliarse primero en Argentina y luego en Suiza, donde murió en 1972, sin haber podido regresar a este país.

Es cómodo hacerle homenajes ahora. Homenajes que ella ya no puede recibir. Es simbólico pasear su nombre como referencia en el siglo XXI y descubrirse ante su obra, pero en su momento los que sin duda pudieron y debieron de hablar en su defensa, callaron. Es esa miopía (más bien posibilismo adaptado a las circunstancias) para reconocer lo realmente importante, y una inmensa insensibilidad de piedra del espíritu colectivo de España, lo que permite, sin duda, la proliferación de tanto personaje y personajillo por estos lares políticos nuestros.

Porque, amigos lectores, en política los espacios siempre tienden a ocuparse y cuando no se hace con personalidades vigorosas, pueden cubrirse con infinidad de protagonistas de cartón, cuyas únicas virtudes son: 1- saber otear la dirección del viento reinante para ser llevados sin esfuerzo en su lomo, inclinándose cuando convenga a su propio interés, y 2- hacer algo que merezca la atención mediática, ávida siempre de cuestiones no comunes por aquello del abanico de posibilidades a la hora de informar. Aunque nada de lo anterior tiene por qué ser siempre una buena práctica política. Ni siquiera los objetivos de ella han de coincidir exactamente con los propios de los medios de comunicación.

Atraer la mirada de estos últimos no es difícil. Dedicar una parte del presupuesto público para incrementar sus recursos puede ser factible. Tanto más, cuando emana un cierto relativismo desde el ambiente generalizado de tolerancia que tienen estos tiempos para con el quehacer público. Aunque puede que esté empezando a resultar peligroso el que una sociedad carezca de códigos de conducta reconocibles o que, aún teniéndolos, no influyan para nada, en la propia ética de actuación de quienes entran y salen en la acción pública usando, según el momento, unos u otros partidos políticos con total desenfado, sin que la atención generalizada los repruebe certeramente. Y mucho menos lo hagan unos hipotéticos votantes que observan pasivamente sus idas y venidas entre unos territorios y otros (ahora me empadrono aquí, pero luego, no), y de unos idearios u otros, aún sintiendo una fuerte vergüenza ajena. Malísimos profesionales. ¿Imaginan, ustedes, a un ingeniero o a un médico saliendo o entrando de diferentes proyectos explicando los defectos del que acaban de dejar y las virtudes de aquel al que llegan, de una manera sistemática? Pues eso. Lo que ustedes están pensando.

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