Historias de Plutón
José A. Secas

Se acercó discretamente al grupo, justo cuando Isabel no hablaba con nadie, y le susurró al oído unas palabras educadas e incuestionables. El recado que acababa de escuchar de boca del amigo del autor, la dejó noqueada, pero, en el fondo, algo así esperaba que pasara. Miró al mensajero con sorpresa fingida y recorrió con su vista toda la sala de exposiciones. Se veía repetida en varias series que casi ya no reconocía. Se le vinieron a la cabeza aquellas sesiones interminables y maravillosas en las que posaba para él entre copa y copa de vino. Él hacía bocetos sin parar, cambiaba su postura o elegía ángulos distintos, con luces variadas, cada poco. Aquel estudio cálido y luminoso le traía dulces recuerdos. Ella creía que había pasado tiempo suficiente para que las heridas hubieran cicatrizado, pero no. “Marcelo agradece tu presencia, pero le incomoda más aún. Te pide que te marches, por favor”. Esto escuchó de boca del amigo del pintor en medio de aquella concurrida inauguración. El asunto privado no parecía contagiar el acto público, pensó. Nadie podría identificar a Isabel como la protagonista de tantos cuadros. Ambos habían ocultado durante aquellos meses una relación que iba más allá de pintor y modelo. Era su secreto, su pasión, su mentira y, después de que todo acabó, también el dolor de él y el suave recuerdo de ella. Por eso se animó a asistir a aquella convocatoria pública donde no había sido invitada. Era excitante reconocerse sin ser reconocida, admirar el arte que Marcelo había derramado inspirado por ella y alimentar su vanidad en secreto. Ella era la que había roto el frágil vínculo y ella era la que, incorrectamente, había puesto fin al periodo de distanciamiento. Qué decepción. Marcelo no lo había superado. Ya veía alguna serie de cuadros posterior a su etapa pero no había cuerpos de mujer. Había evolucionado a una abstracción surrealista y algo oscura donde los cuerpos aparecían desfigurados o borrosos; una etapa menos luminosa y con más profundidad conceptual y desgarro en la ejecución. A Isabel le gustaban más los cuadros que pintó aquellos días de vino y rosas. Amor en colores. Amor oculto, solo el envoltorio; pero, al fin y al cabo, amor. “Si, ahora me voy, disculpa. Despídete de mi parte. Lo siento”. Y se fue por donde había venido. No cruzó ni una mirada con Marcelo, aunque la buscó. Se marchó con una amargura bañada en melancolía que nunca llegaría a la altura de sus buenas intenciones. Sintió pena al comprobar cómo el tiempo, aunque pasa igual para todos, no se asimila de la misma manera. Hay instantes inacabables y años que pasan volando. Lo tuvo todo. No había, y dudaba que hubiera alguna vez, sintonía en sus ritmos. Él, tan ansioso, dibujando decenas de bocetos en sesiones agotadoras, ella dejándose acariciar por la mirada ávida que, de cuando en cuando, olvidaba el lienzo y se recreaba en su cuerpo proporcionado y turgente. Salió a la calle sola, como había llegado. Se paró a mirar de lejos la sala abarrotada en una inauguración como pocas; memorable, sin duda. En el escaparate, un cuadro de ella casi de espaldas -nunca se le verían los rasgos de su cara; ese era el pacto- con la luz resbalando por su pelo y su precioso culo mostrando la esencia de la naturaleza en todo su esplendor. Una delicia de cuadro pintado con mucho amor. “¿Aun no te has ido?” le dijo Marcelo al encontrarla, por sorpresa, en la puerta cuando salió a fumar un cigarro. “Ya me voy. Lo siento. Muy bonita la exposición. Chao”. Y Marcelo revivió de nuevo el sentimiento de pérdida o, peor aún, de abandono. La vio alejarse despacio, meneando su glorioso trasero, sin mirar atrás. Sintió ese dolor redentor, porque sabía que ya no volvería. Apuró su cigarrillo y hundió la colilla en la arena del cenicero. Miró la silueta que se perdía a lo lejos de la calle y se le vino a la cabeza la teoría del espejo de Lacan. “Marcelo, ¿cuándo me vas a pintar?” le dijo una morenaza nada más verle entrar por la puerta. “Si quieres, cuando acabe la inauguración, te vienes al estudio, y te pinto, ¿vale?”. La morena de ojos negros, labios rojos y dientes blancos, le sonrío. “Vale”.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here