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Canover /
CONRADO GÓMEZ

Martín se miró al espejo y no le gustó lo que vio. Había dejado que el tiempo comiese sus ganas, esa cláusula que jamás hizo valer. De pequeño imaginó una edad adulta satisfecha por las expectativas cumplidas. Empezó Derecho, la carrera que sus padres habían elegido para él, y dejó atrás la zozobra de los años universitarios con la sensación de que le quedaban muchas cartas en la manga en espera de la mano perfecta. Sus profesores —la mayoría con ínfulas de profesionales frustrados— se referían a lo que les esperaba ahí fuera como “esa selva amazónica donde los niños se hacen hombres”; pero trágicamente ninguno había ejercido esa vocación por la que se castigaban el pecho con golpes gallardos. No era eso lo que se esperaba. Nadie había entrado aún en ardua pugna por contratar sus servicios como advenedizo letrado; ni tenía decenas de mensajes privados en Linkedin pidiendo contacto. Había entrado en un lapsus vital. Nietzsche le venía en estos momentos al pelo con su empanada mental: El eterno retorno. Tomara la decisión que tomara volvía a encontrarse consigo mismo. Venía del último sprint de final de carrera y se encontraba desnortado sin expectativas a corto plazo. No seguía mucho los devenires políticos de su país, pertenecía a esa gran masa de abstencionistas por desinterés. Los resultados electorales de las Europeas le habían sorprendido. Él —como la mayoría de españoles— preveía una clara victoria del modelo de bipartidismo, y sin embargo la irrupción de ese tertuliano con coleta había puesto de los nervios a los dos grandes partidos. En el fondo le daba absolutamente igual quién ganase las elecciones. Estaba convencido de que su vida no se vería alterada en lo más mínimo. Los datos que arrojaban de su generación eran deprimentes. El último descenso del número de parados seguramente se debiera a que todos sus amigos se estaban largando fuera. Él también se vería avocado a emigrar o aguantar en casa de sus padres hasta que la situación remontara. ¿Pero cuándo? No había fecha de caducidad. No eran yogures con unos numeritos sobreimpresos, era algo mucho más serio e imprevisible. Apretó los dientes en busca del hormigueo interno que precedía una idea. Decidió darse una licencia. Una más. Cogió el destartalado SEAT de su abuelo y tomó rumbo a Torrecillas de la Tiesa, el pueblo de sus padres. ¡Qué veranos más locos había pasado con la muchachada! Llegó directo a su particular espacio zen, un desgastado sillón orejero que aún conservaba su madre en memoria de su tía Jacinti. Se acomodó una tarde de sábado y no cambió de postura hasta que hubo tomado una decisión sobre el rumbo de su errática existencia. Para evitar lesiones en la piel, se ladeó levemente hasta encajarse en la costura cedida del mueble. Siguió pensando. Podía afiliarse al PP por la mañana, al PSOE por la tarde, y a UPyD e IU durante los fines de semana. Ahí podía tener todavía alguna opción de hacer carrera. Antes de que llegasen los de PODEMOS a joderlo todo con esas mierdas de asambleas y democracia horizontal de círculos. Tampoco. La política era un vicio y él ya no estaba para meterse en berenjenales. Tomó la decisión de no tomar ninguna. Su padre le aconsejaba quedarse quieto ante los ciclos negativos. Y eso iba a hacer. Esperar a que escampara.

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