Patio de butacas
Felipe Fernández

No es el primero y, desgraciadamente, no será el último. Casi como si se hubiera convertido en una categoría, demasiados ídolos se van envueltos en adicciones, hábitos inefables y complejos no superados. Una de las mejores definiciones que he leído sobre el particular decía “no supo jugar fuera del campo; qué pena” Y esta sentencia tan acertada merecería por sí sola una reflexión sobre el asunto. Vivimos en una sociedad cada día más inmadura, poco dispuesta a aceptar las propias responsabilidades, pero muy proclive a vivir la vida de otros, como si esa suerte de esquizofrenia fuera la llave de toda felicidad. Por eso, cada vez que se barrunta un posible ídolo, aparece toda una tribu de personajes alrededor cuyo cometido es siempre el mismo: mover la cabeza de arriba a abajo hasta la nausea, engañar con alevosía y poner la mano para recoger las sobras. No debe ser fácil convertirse de la noche a la mañana en un personaje público venerado por muchos y envidiado por otros. Y mucho menos si la habilidad que te permite alcanzar ese éxito te ha apartado de obtener la formación suficiente para afrontarlo. Maradona ha sido, en mi opinión, el mejor futbolista del mundo, pero la natural tendencia de los suyos al histrionismo, su poca o nula formación y una mala selección de las compañías se convirtió en la mezcla perfecta para equivocar el camino. No fue solo el dinero malgastado a manos llenas,  ni las adiciones públicas y publicadas; ni tan siquiera sus disparatadas opiniones sobre la vida, tan erróneas como insensatas. En realidad, hicieron de él –con su tozuda colaboración, eso es cierto- un juguete roto, uno más, enfrentándole a su inestable y leve personalidad, lo que constituye una crueldad cercana al delito; casi un suicidio inducido. Aunque solo tenemos noticias de unos cuantos, otros muchos seguirán su camino; otros muchos serán ídolos temporales y no soportarán dejar de serlo, por lo que buscarán “ayudas” externas que les hagan más soportable el presente sin olvidar el pasado. Y algunos otros tendrán más suerte, porque sin llegar a ser “el mejor”, elegirán bien y podrán contarlo. Diego fue, en mi opinión, el mejor futbolista del mundo, pero no quiso o no pudo o no supo jugar fuera del campo. Y en esa situación -lo que es a todas luces más rechazable y repugnante- solo encontró aprovechados, falsos amigos y camellos obsequiosos. Descanse en paz.

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