Patio de butacas
Felipe Fernández

Cuentan que en el transcurso de un viaje en avión, John Banville – o quizá Benjamin Black, eso no está suficientemente aclarado- advirtió que su compañero de vuelo se entretenía leyendo una de sus obras. Emocionado por la honorable coincidencia, guardó un respetuoso silencio, evitando a propósito cualquier atisbo de conversación para no interrumpir el momento. Dicen que, mediado el viaje, el lector acabó el libro y lo cerró pausadamente dejándolo en el bolsillo del asiento delantero mientras su cara dejaba ver cierta expresión reflexiva, quizá acerca de lo que acababa de leer. Parece que, pasados unos incontables minutos, Banville – o quizá Black, eso no está bien aclarado- decidió dejar de reprimir su curiosidad y preguntó a su compañero de vuelo con el tono más neutro que encontró qué le había parecido la novela. Por lo que dicen, el lector le miró distraídamente y respondió con convicción: ”no está mal, pero le sobran algunas páginas”. No está suficientemente acreditado cómo reaccionó Banville ante semejante análisis, pero hay quien sostiene que reclamó los servicios de la azafata a la que pidió dos botellas de las pequeñas, de esas que ya no sirven en ningún vuelo si no es previo pago. Sea como fuere, parece que Black o Banville – ¿quién sabe?-  no termina ahora ninguna de sus novelas sin contar las páginas varias veces e incluso mantiene acaloradas discusiones con su editor, al que requiere acerca de la importancia del tamaño, alejada la pregunta por supuesto de cualquier tentación sarcástica. Y es que escribir de más en una novela es un pecado literario, una demostración fehaciente de la incapacidad que tienen algunos autores para expresar de manera fácil lo difícil, de contar con apariencia sencilla lo complicado. Dejando bien claro que ese no es el caso de Banville – o quizá Black, ¿qué más da? – escritor al que, a pesar de la respetable opinión del viajero, tengo en alta consideración, parece ser cierto que en la literatura actual – como en el periodismo, como en la política, como en otros muchos aspectos de la vida diaria – hay un exceso de palabras, esto es, una preocupación explícita por la cantidad frente a la calidad. A la espera de concienzudas tesis doctorales que aborden esta morbosa inclinación, solo nos queda la paciencia y la elección indiscriminada de páginas; porque, parafraseando a Lemaitre, “para un impostor, ¿qué mejor papel que el de escritor?”.

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