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La magia del iceberg /
VÍCTOR M. JIMÉNEZ

Cuando Sandra subió al autobús con dirección al norte aún le quedaba la esperanza de ver por los grandes ventanales a Andrés. Lo imaginó a la carrera, con la cara desencajada, buscándola entre la aglomeración de pasajeros.

Entonces se hubiera apeado y hubiera ido a su encuentro. Le hubiera besado y abrazado con fuerza.

Pero Andrés no llegó. El autobús cerró las puertas y comenzó a maniobrar para salir del andén.

La tarde caía como una losa en la ciudad. El vehículo serpenteaba por las calles en dirección a la autovía. Pronto la carretera se inundaría con la monotonía uniforme de cientos de kilómetros. Sandra lloraba en silencio y miraba por última vez aquellos rincones impregnados de recuerdos.

En ese mismo instante, Andrés colgaba de una soga bien amarrada al gancho de una lámpara. Con ella se marchó también el último átomo de cordura y solo le quedó huir para siempre.

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