Desde mi ventana
Carmen Heras

La niña de cuatro años, invitada como yo a una fiesta infantil (aunque cada una por un motivo distinto), se para delante de mi y me pregunta: “¿Tú, estás vacunada?”. “Si, si (le contesto entre risas), no te preocupes”. La vacuna contra el covid, entendida como un escudo defensor para cualquier relación humana. Pues claro. Así están los tiempos. Aunque también necesitemos otras vacunas. Como por ejemplo una contra el inaudible “rechazo” a los mayores. Aunque lo neguemos.

Me ha gustado la entrevista realizada a Anna Freixas en un medio de comunicación nacional, no exactamente por lo qué dice (que también) sino por el espíritu joven subyacente debajo de sus palabras. Anna Freixas (para quien lo ignore) es psicóloga y tiene 75 años. Digo lo de la edad no porque importe demasiado cuando la mente está lúcida, sino para ubicarnos en un tiempo y un espacio. Freixas pertenece a una generación de verdaderos batalladores, hombres y mujeres. No tuvieron más remedio. Nacieron bajo unas bases de convivencia determinadas que debieron cambiar para poder acceder a otro mundo distinto al de su infancia. Una infancia construida -por lo general- en territorios mentales raquíticos.

Freixas Farré, según los cánones en boga, es una señora mayor. Fue catedrática de Psicología Evolutiva y de la Educación, en la Universidad de Córdoba. Ahora ha entrado oficialmente en la jubilación y por tanto su parecer ha de ser no molesto. O muy matizado. Pero ella opina, escribe y divulga y se muestra rebelde, rompiendo los moldes de lo asumido como políticamente correcto, que no es otra cosa, en suma, que subsumirse en uno mismo y no incordiar en demasía.

Porque resulta que al que, en estos márgenes de edades, opina públicamente se le critica. No de malas formas (a veces también) pero si con intensidad. Por actuar de forma distinta a cómo es esperable. Algo parecido a lo que ocurrió, en otro orden de cosas, cuando yo pedí la entrada en una conocida organización, y una de las personas, con influencia en ella por la labor institucional que ejercía, comentó dentro de un grupo lo suficientemente amplio como para que llegara a mis oídos: “¿Y ésta qué querrá ahora?”. Molesté también en algún que otro sector. Por no ser previsible. “Menuda sorpresa”, exclamaría, en mi cara, una histórica del partido. Como molesta cualquiera que haya tenido una responsabilidad importante y pretende decir algo sobre posibles necesidades en los campos en los que tuvo influencia y capacidad decisoria y sobre los que sigue siendo experta. Es sintomático. Se le intenta detener en el comentario con cualquier pretexto de pacotilla. Enseguida. No vaya a ser que…

Hay que decirlo con sinceridad. Según en qué sitios, molestan las personas con “mochila”. Así que, dadivosos en exceso, perdemos recursos por todos los lados, capacidades y entusiasmos. También mucha experiencia. Por eso me gusta la decisión de Anna Freixas de no callar, reivindicando el papel de una vejez ágil y activa, a la que afortunadamente cada vez llega un mayor número de individuos.

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