Desde mi ventana
Carmen Heras

Leo por ahí que si queremos incentivar el consumo y mover la economía del país, en estos momentos difíciles de pandemia, es preciso conseguir que los mayores gasten más, ya que son uno de los grupos que en la actualidad disponen de mejor poder adquisitivo. Nada que ver con la situación de tantos y tantos jóvenes en empleos precarios o en el paro, aún dependientes de los padres.

Todo ello deviene, a mi entender, en la tremenda paradoja de, por una parte, arrinconar a determinadas personas en perfectas condiciones físicas y mentales, en razón solo de su edad, apartándolas de determinadas tareas sociales y políticas para las que se encuentran perfectamente dotadas y de otra, seguir solicitando su interés y aportación en pro de mantener vivo al sistema productivo que las arrojó fuera de él, desde el punto de vista de su capacidad de decisión e influencia.

Para las personas muy activas todo lo anterior cuesta. De sobra es sabido que los humanos somos animales de costumbres y que un cuerpo y una mente desocupados pierden brío, profundidad y arrojo, aunque se cubra con el manto de la falta de necesidad de tenerlos. En esto, como en casi todo, los españoles no solemos quedarnos templados en el centro de la balanza, y siempre nos vamos a los extremos que marca el péndulo. O bien condenamos a otros a trabajar a destajo, sin días libres, o bien permitimos que las personas se prejubilen en número considerable.

No soy del grupo de los que creen que la jubilación debe llegar cuanto antes. Depende. Del tipo de trabajo, de la capacidad del trabajador y sus propias expectativas. Debe de estar regulada para no conculcarse derechos, desde luego. Pero lo qué siempre me ha resultado sorprendente es que la sociedad, en su conjunto, haya renunciado, sin ningún asomo de mala conciencia, a unos efectivos vitales en perfectas condiciones, haciendo tabla rasa, conduciéndolos al ostracismo, sin distinción, intentando que quemen sus energías con toda clase de viajes, residencias, nietos, etc, convencida de que con todo ello se abren verdaderos espacios de trabajo y progreso para los más jóvenes, teóricamente más fértiles en edad, imaginación, inteligencia, afán y esfuerzo.

Desde que el mundo es mundo han existido las convenciones. Los convencionalismos son inventados y utilizados por los humanos para entendernos mejor y dotarnos así de un mejor orden entre nosotros. Son normas, reglas de juego, eficaces durante un tiempo, pero dudo de que siempre sea así cuando cambian las circunstancias. La lógica de a mayor tiempo de vida, mayor tiempo de jubilación, siempre se me antojó disparatada. Pero se aplicó. En esto sucede como en otros asuntos, tratados desde la óptica de una sociedad del bienestar que creía poseer recursos suficientes, hiciese lo que hiciese, se desentendiera de lo que se desentendiera. Aunque derrochase más, dilapidando energía y recursos. Durante un tiempo se ha creído (otra convención política) que el papá Estado podía con todo, con jubilaciones anticipadas, sanidad, educación, residencias de mayores, a través de los impuestos de todos sus ciudadanos. La pandemia nos ha demostrado que no, que el esquema tiene amplias grietas.

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