El último diente de leche
Víctor M. Jiménez

¿Te imaginas que pudiéramos recorrer el interior de un caparazón de caracol?

Daríamos vueltas y vueltas en una espiral.

Sería divertido jugar a no tocar las paredes mientras nos perseguimos y recitar poemas a gritos para que el eco nos acariciara.

Estaría bien para guardarse de este invierno tan frío que ya canta su preludio con guirnaldas de hielo.

¡NO!

Ningún gasterópodo merece el destierro de su hogar.


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