Desde mi ventana
Carmen Heras

Toda obra que se precie necesita un villano. Para tener tensión dramática. Enfrente está el héroe. Es la vieja dicotomía entre el bien y el mal que nutre los cuentos de los niños. Y de los mayores. Para crearles un sentido moral se buscan las metáforas, esas figuras literarias que narran unos asuntos cuando en realidad hablan de otros.

Desayunamos metáforas todos los días. En el libro “Tándem” de María Barbal, la protagonista, una maestra de párvulos, recita algunas preciosas: “la luna: una tajada de melón, la luna roja: una de sandía….ella era una maestra o una niña y si decía miau era el Gato con Botas”. En el fondo, la metáfora intenta envolver la vida, hacer pedagogía con ella, utilizar las palabras para explicarla y explicarnos a nosotros mismos nuestras contradicciones y los sucesos de nuestra existencia.

Ahora se lleva mucho la relatividad, todo depende de cómo se observe cualquier asunto desde la orilla en la que te detengas. Frente a lo estricto del concepto en otros tiempos, los buenos y los malos de hoy lo son (cada vez con mayor frecuencia) según quien establezca el relato. Ya no hay criterios únicos. Basta con tener una tribu que revalide una idea, y unos pocos recursos con que introducir ésta, para que la narración tenga visos de realidad y pueda ser creída como importante, y sus actores potenciados. ¿Ejemplos? Muchos.

Ahora existe lo qué es y lo qué parece. Y lo segundo suele apropiarse de lo primero y confundirnos. Como cuando recoges la ropa recién lavada del tendedero al aire libre, en las primeras horas matinales y la notas húmeda (tierna -decía mi madre-) si la temperatura es baja, y luego la colocas en la silla de la cocina y al poco ves lo seca que está. Sin matizaciones. O la fruta, recién sacada de las cámaras frigoríficas del supermercado, con su buena apariencia, que decae en cuanto la traes a casa y la cambias de ambiente.

En la realidad los villanos existen. En los relatos, los villanos se construyen. Para explicar lo absurdamente inexplicable. Porque se necesitan. Por sugerir acción. A los villanos -si conviene a la causa- se les trata como si no lo fueran, o se les castiga desmesuradamente -si son grandes, aunque innobles, los objetivos-. Y si el villano es poderoso, mejor. Son esas ejecuciones metafóricas en el ágora público para consumo de creyentes, en amplias tertulias provincianas. Siempre se hizo. Existieron épocas en las cuales se ajusticiaban personas en las plazas, a la vista de todos, y allí acudía el pueblo, al espectáculo. Toda obra de acción ha de tener monstruos que destruir delante de las masas y -por contra- monstruos que alimentar, con carne fresca.

El monstruo de hoy se llama tiempo. Galopa rápido delante de todos. También de los que lo emplean en batallas individuales, donde lo específico manda, olvidando que aún existen otras luchas, tan generales que incumben a todos. Ahora no se reivindica el no a la maldad sobre cualquier ser humano salvo si porta una bandera y pertenece a un determinado colectivo, como si los derechos fundamentales pudieran territorializarse según en qué rincones, de los muchos que tiene el ser humano, tan global en su esencia.

1 COMENTARIO

  1. Me impresiona la dejadez progresiva. Ya ni las apariencias parecen importar demasiado. Ejercen los villanos con el beneplácito de amplias mayorías y la complicidad de muchos silencios.
    Mientras tanto, en efecto, el tiempo nos agrede implacable.
    Las buenas semillas requieren cultivadores esmerados a pesar de las inclemencias, a pesar de las villanías.
    Saludos cordiales.

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