La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Si San Jorge nos recuerda los logros de Alfonso IX, la feria de San Fernando es así denominada para rememorar los logros del tercer hijo de su segundo matrimonio -con Berenguela, como Urraca, nombre por fortuna en decadencia- uno de esos reyes al que halagan todos los historiadores por su espíritu combativo (nació en Peleas de Arriba, algo tendrá que ver) y su buen gobierno, solo truncado por su temprana muerte, lo que le valió la santidad y por ello ser conocido como Fernando III El Santo. En realidad, las ferias ya estaban incluidas en los Fueros, pero esta nuestra del mes de mayo se oficializó en 1895 y desde entonces se celebra de manera ininterrumpida para que los ganaderos vendan y compren según necesidad y los demás disfrutemos de las actividades lúdicas que se celebran alrededor de estas transacciones. Convivió con la otra feria, la de San Miguel en septiembre, desde 1948 hasta 1986, año en la que el alargamiento de la diversión se extinguió y dejó de nuevo huérfana a su hermana mayor para retornar no hace mucho, pero en formato menor que no peor porque el regocijo siempre se agradece. ¿Qué tiene que ver esto con El Rodeo, protagonista de estas líneas? Pues mucho.

San Jorge era un día grande para los pobladores de nuestro famoso descampado, pero la feria no se quedaba atrás. Para empezar, comenzaba la canícula en el colegio y no volvías a clase por la tarde hasta bien entrado el curso siguiente; también disfrutabas de días de fiesta y, sobre todo, asistías al ferial donde todo era diversión y alborozo; además los vecinos más próximos convivíamos con la feria ganadera que se celebraba en nuestro páramo.

La primera mañana de la feria, nos despertaban los sones de la banda municipal -un poco temprano para el buen dormir de los adolescentes- que agasajaba a un vecino concejal que vivía en el barrio y tras brincar de la cama, con los pies descalzos, te aproximabas a la ventana con mejor perspectiva para contemplar El Rodeo repleto de animales que solo veías en las visitas al pueblo de los ancestros si es que estos conservaban sus raíces o estas pertenecían al mundo urbanita y no al rural. Coexistían vacas, caballos, ovejas, cabras que estaban organizados por los respectivos pastores y esperaban la pertinente transacción mientras ofrecían un panorama de variados colores y un concierto algo desorganizado de comunicación animal. Ese día recordabas la utilidad de los pilones que aguardaban vacíos todo el año para realizar sus funciones en esos momentos, repletos del agua imprescindible para abrevar a los animales; algunos de estos llegaban en camiones, pero muchos eran conducidos por la ciudad, en difícil convivencia con los vehículos habituales en la calzada, hasta estabilizarlos en su lugar y esperar a los compradores. Esos instantes ya resultaban emocionantes porque aguantar el tipo sin esconderte al paso de animales de media tonelada ya era un ejercicio de valor indómito que todo el grupo reconocía; las madres redoblaban su afán protector porque querían vivos a sus

hijos, aunque no fueran considerados héroes. Cabía la posibilidad de observar su paso desde las rejas de los pisos bajos o subidos al poyete que servía de linde a la carretera, pero lo que daba galones era aguantar el tipo a pie de calle como si te hubieras criado en la finca de Victorino Martín. Todo el mundo entonces te trataba con admiración, sobre todo si, como ocurría a menudo, alguno de los animales aceleraba el paso a modo de estampida mientras mugía o relinchaba como si te advirtiera de los peligros de rondar cerca de él. Si pasabas ese trance, existía la posibilidad de alcanzar la gloria: cruzar El Rodeo de arriba abajo por el camino del centro y volver sobre tus pasos. Costaba identificar a los valientes porque su menuda figura en ocasiones se perdía ante la imponente complexión de toros, vacas, caballos y yeguas que amedrentaban más que cabras u ovejas, que también. Al volver a nuestra calle tras el intrépido paseo, todos nos abalanzábamos para ofrecer nuestras felicitaciones en forma de palmadas en la espalda al héroe del momento y recordábamos la hazaña durante semanas.

La feria de ganado duraba dos o tres días; El Rodeo se iba despoblando y recuperábamos las actividades habituales con cuidado de no llevarte a casa el abono allí acumulado que le hacía reverdecer en el siguiente otoño.

Hubo un tiempo en que los cacharritos, las tómbolas, los tenderetes y las casetas en los que se buscaba diversión se instalaban en la parte de El Rodeo más próxima al Donoso Cortés y al Hospital San Pedro (La Residencia para todos los cacereños), de manera que trabajo y distracción se daban la mano y la transición entre ambos no podía ser más cómoda, pero al menos mi generación no lo recuerda con nitidez. Bien es verdad que para pasarlo bien en la feria no debíamos andar en exceso porque durante muchos años se ubicó en Los Fratres, a apenas cinco minutos de nuestro descampado, y allí estuvo muchos años hasta ocupar el lugar en el que la conocemos hoy en día. En la actualidad, los telediarios ofrecen imágenes de antiguas cañadas reales que atraviesan las ciudades repletas de animales una vez al año para recordar cómo se vivía hace no mucho tiempo; en la época de El Rodeo no salíamos en la tele, no hacía falta.

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