José Cercas
Hay palabras que deberían pronunciarse con cuidado. Una de ellas es la palabra amigo.
La usamos con frecuencia, quizá demasiada. Basta compartir una conversación, una mesa o un recuerdo para que, casi sin pensarlo, aparezca esa palabra. Sin embargo, con los años uno aprende que no todos los encuentros de la vida merecen ese nombre.
Muchas personas pasan por nuestros días como pasan las estaciones: dejan un rastro leve y continúan su camino. Algunas nos acompañan durante un tiempo, otras apenas rozan nuestra historia. Pero los amigos verdaderos pertenecen a otra categoría más honda y rara.
Un amigo es quien permanece cuando la vida se vuelve cuesta arriba. Quien sabe escuchar sin pedir demasiadas explicaciones. Quien comprende, muchas veces en silencio, aquello que ni siquiera sabemos decir. Los amigos no siempre resuelven nuestros problemas, pero tienen la extraña virtud de hacer que pesen menos.
Con el paso de los años uno descubre también que la amistad no necesita grandes gestos. A veces basta una conversación tranquila, una mano sobre el hombro o la simple certeza de que alguien está ahí, al otro lado del camino.
La vida nos permite conocer a muchas personas, pero amigos verdaderos hay pocos. Tal vez por eso la palabra amigo debería pronunciarse con cierta gratitud, como se pronuncian las cosas que el tiempo ha ido decantando lentamente.
Porque un amigo no es alguien que pasa por nuestra vida.
Es alguien que camina con nosotros un tramo del mundo.
Y eso, bien mirado, ya es mucho.
Poema sobre el amigo.
Decir amigo a mi modo
No mires atrás, sigue tu camino,
deja en los labios del pasado
la efímera sílaba que quebró tu nombre.
Da un paso más, y otro: tú puedes.
Deja que la huella alimente la escarcha,
escribe sobre la voz de quienes viven
que estás aquí,
que aún resistes las embestidas.
¡Vive, amigo mío!
Deja en tu boca la fiel escultura de un beso,
pues aún te quedan en la comisura
los restos de la risa.
¡Vamos, camina!
Busca entre tus semejantes
los ojos futuros de la amada.
Y cuando respires,
que el oxígeno cante en tus pulmones.
Y cuando lo hagas, amigo mío,
ama con todo tu aliento,
y así, cuando llegue tu hora,
que todo el mundo sepa, amigo mío,
que tú has vivido.




























Se pueden contar con los dedos de la mano y dicen que sobran dedos.
Mucha razón Pepe!