450827744-andres-iniesta-fernando-torres-and-iker-casillas-ofVaya semana intensa la pasada. La selección española de fútbol, esos que nos hicieron soñar con un país unido gracias al deporte, se marcharon a las primeras de cambio en una competición que prometía más. Frente a Holanda y Chile recibimos sendos vapuleos. Cosas del deporte, la ola dura hasta que rompe en la orilla. Ellos han perdido las primas, los españoles la ilusión depositada, pero los que de verdad han hundido su cuenta de resultados han sido los de Mediaset, que se hicieron con los derechos del Mundial. Cuando apuestas en base a una posibilidad de sacar rendimiento de anunciantes y audiencia, y resulta que la broma solo te dura apenas seis días, el batacazo es mayúsculo. Las pérdidas se calculan en 20 millones de euros tirando por lo bajo. Por no mencionar el trastorno en el cambio de estrategia que ha provocado nuestro precoz apeamiento de la competición. ¿Qué ocurre con todas esas marcas que publicitariamente asocian sus productos con el espíritu de “la Roja”? ¿Aquellos que tratan de transformar el sentimiento de pertenencia a unos colores en una acción de compra? Esos mismos están cambiando los mensajes de “superación” y “competitividad” por “agradecimiento” y “reconocimiento”. Las agencias de publicidad deben estar haciendo el agosto en tiempo récord, mientras sus clientes se lamentan por la debacle.

Nadie puede negar que la semana pasada fue histórica a nivel de acontecimientos. Una eliminación de un Mundial y sobre todo la coronación de un nuevo Rey de España: Felipe VI. Histórico por lo relevante e inusual del acto. Es la primera vez que vemos el cambio de mando en la Casa Real. Don Juan Carlos I fue impuesto por el dictador Franco, saltándose el orden de sucesión establecido. Eran tiempos de silencio donde la precaución era el mejor aliado, a pesar de que por aquellas fechas —finales de los 70— el proceso de apertura ya era imparable. España recibió a Juan Carlos I con una profunda esperanza de que se produjera el cambio social. Un hecho le abrió el corazón de los españoles y lo que es más importante, su respeto y confianza. Se postuló como el salvador de la democracia en aquellos frágiles momentos del fallido golpe de Estado del 23F. Desde ahí hasta estos días, el monarca recién abdicado, ha experimentado altibajos, manteniendo el tipo en la mayoría de las ocasiones, incluso durante las mayores crisis de imagen o la corrupción que ha aflorado a su alrededor.

Sin embargo, Felipe VI es harina de otro costal. Nació, creció y se educó para ser Rey. Por delante tiene un gran reto: unir al pueblo español entorno a su figura. Debe cosechar las simpatías que levantó su padre en un país que se debate entre el cumplimiento estricto de la Constitución y dar cabida a la sensibilidad de Cataluña en su proceso independentista. Por dentro, tiene que sostener la convivencia y el equilibrio. Por fuera, debe convertirse en el embajador que necesitamos frente a la comunidad internacional para recuperar el prestigio perdido.

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