c.q.d.
Felipe Fernández

Como las facturas de teléfonos móviles de la familia habían alcanzado una facturación intolerable e insostenible, decidimos hacer algo. Aconsejados por algunos de mis compañeros, decidimos llamar a otra compañía para pedir la famosa “portabilidad”. “En cuanto la solicites –me aseguraron- tendrás una oferta de la compañía que dejas”. Y dicho y hecho, solicité el trámite correspondiente -que ya me llevó un tiempo apreciable- y, al poco tiempo, recibí una oferta de la compañía “abandonada”. Más allá de la irritación que supone el hecho de que, al comprobar tu petición de cambio, sean capaces de ofrecer rebajas que no han ofrecido en los años anteriores, lo realmente indescriptible, lo que puede resultar agotador, es el tiempo dedicado al asunto. Como supongo que usted también habrá sido víctima de esta situación le ahorraré algunos detalles, pero entre grabaciones, datos que te solicitan tres veces en una misma conversación, llamadas robóticas para comprobar tu estado de satisfacción como cliente y operadoras que te repiten la misma cosa, aunque desde diferentes puntos de la geografía nacional, la

Me pensaré muy mucho volver a hacer gestiones al respecto, aunque solo sea para que mi oído y mi paciencia no sufran más de lo necesario

saturación llega a ser peligrosa. El peligro, naturalmente, consiste en recordarle a alguien cuya responsabilidad es limitada que el tiempo perdido es irrecuperable y que “se quitan las ganas de cambiar de operador” amén de otras molestias ya conocidas. No me extraña nada que el mayor número de quejas en consumo corresponda al ámbito de la telefonía móvil; es fácilmente comprensible. Lo que habría que preguntarse en todo caso, es si esas quejas sirven para algo, si la atención y el tiempo que dedican las compañías a los clientes ha mejorado y si las tarifas pueden ser manejadas por las marcas con la arbitrariedad acostumbrada, hecho este último del que, además, presumen pública y notoriamente. Así las cosas, cuando consiga que estén los teléfonos definitivamente en marcha, si es que lo consigo alguna vez, me pensaré muy mucho volver a hacer gestiones al respecto, aunque solo sea para que mi oído y mi paciencia no sufran más de lo necesario. Aunque puede que esa sea la pretensión principal, de tal manera que, cuando se pasa la primera alegría de la oferta inicial y el precio de la factura se incrementa, no tengamos la tentación de solicitar el cambio; o bien, que al recordar esos larguísimos minutos con el terminal pegado a la oreja hablando con máquinas y siguiendo instrucciones robotizadas, retrasemos todo lo posible el momento. Todo sea por el bien de la facturación.

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