Historias de Plutón
José A. Secas

Existió una vez, en los albores del lejano siglo XXI, un hombre que empezó a mirar a la Tierra desde la Luna. Su mirada era compartida. No era el único que hacía el camino contrario y contemplaba desde el planeta que pisamos a nuestro satélite, pero sí uno de los primeros en transportarse y colocarse, al menos con la intención, con la perspectiva del que observa desde lejos y ve nuestro pequeño Mundo sufriendo con los seres humanos que lo poblamos. Aquello de la perspectiva, ya saben.

Este hombre empezó su proceso escuchando y observando, pero también tocando, saboreando y respirando su entorno, y comprobó cómo el planeta se iba degradando cada vez más y sus habitantes no acababan de tomarse en serio el poner freno a semejante locura. El “gobierno” bienintencionado del planeta Tierra  había marcado una senda que los hombres de principios del siglo XXI tenían que transitar -ODS- para salvar de la catástrofe a sus descendientes. El eslabón evolutivo de pasar de vernos como individuos primitivos y egoístas, organizados en círculos de poder económico y político, a seres humanos sin distinciones por sexo, raza, religión, cultura, estatus, condición, edad…, aún hacía escalas entre banderas y fronteras, pero se contagiaba la asunción de la evidencia de que el mundo debía de cambiar y algunos seres humanos estaban por la labor. Nuestro hombre y sus amigos entre ellos.

Pensaban que un gesto tan mínimo como apagar la luz para ahorrar energía y dinero -así de sencillo y prosaico- podría ser una punta de lanza para un lento pero inevitable cambio. Asumir la importancia de ese acto sería el punto de partida de un valor, un sentimiento o una idea contagiosa que fluyera y creciera hasta empapar las conciencias de los terrícolas. Su sueño cristalizó en un objetivo y se propusieron que “en pocos años, en miles de ciudades y pueblos de toda la Tierra, los humanos apagarán las luces cada Luna Llena para celebrar su cíclica llegada (y ahorrar energía)”.

En los años veinte del siglo XXI, ese gesto tan “ecológico” ya lo hacían las grandes ciudades del Mundo dos días al año: el Día de la Tierra (22 de abril ) y el Día Mundial del Medio Ambiente (5 de junio). Esos dos míseros días, los ediles de las grandes ciudades, tenían el detallazo de apagar las luces espectaculares, artísticas, excesivas y caras de sus monumentos emblemáticos (Torre Eiffel, Puerta de Brandenburgo, Puerta de Alcalá, Estatua de la Libertad, Torre de Londres, Taj Majal, Coliseo de Roma, etc.) para hacer el gesto y salir en la tele. La idea estaba aún en pañales y necesitaba un empujón. Allí estaban unos cuantos lunáticos para dárselo.

Cada veintiocho días nuestro satélite recibe la luz del sol sin que nuestra gran bola que gravita a su alrededor proyecte su sombra sobre él. La luna llena absorbe y refleja toda la luz, como un espejo, ilumina la noche, atrae, se convierte en diosa, nos guía, nos mira desde lejos y nos vamos sintiendo cada vez más y más  pequeños…La luna llena siempre ha estado ahí ejerciendo una enorme influencia en las culturas, religiones, pensamientos y consciencia de los seres humanos. También en sus biorritmos. Solo desde hace unos pocos años de esta corta historia los hombres y mujeres han mirado más su ombligo y se han olvidado de atenderla, no solo a ella, sino también a su propio planeta.

Nuestro protagonista, con sus amigos artistas y ciudadanos, gestó y lanzó esa idea para poner un granito de arena en el muro de consciencia que necesitaba levantar la humanidad. Como una mancha de aceite, ese gesto fue empapando las mentes de los habitantes de la Tierra. Apagar la luz suponía mucho más que ahorrar unos kilovatios y unos euros. Los ciudadanos y los artistas miraron al cielo y consiguieron llegar a la luna con sus buenas intenciones. Aprendieron a mirar de lejos y empezaron a sentirse  pequeños y vulnerables. El mensaje comenzó a calar. A través de la cultura y la educación su llamada de atención fue atrapando los corazones. En la luminosa oscuridad de las noches de luna llena comenzaron a abrirse paso sentimientos cada vez más protectores de su entorno, de su planeta y de su Universo.

Fue en el año 2022, después de la pandemia, cuando Plena Moon comenzó a crecer y multiplicarse. Un pequeño gesto, solo eso. Entonces solo un sueño por un mundo mejor que entre todos hicieron realidad.

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