La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Un viento suave mece las copas de los imponentes árboles que se encontraban allí mucho antes de que se construyera el edificio. Proyectan una sombra sobre el cuidado césped que no pueden igualar ni pérgolas ni sombrillas cuando el calor aprieta. Entre ellos serpentean caminos en cuyos flancos, como celosos guardianes, se emplazan bancos de metal con enrevesados dibujos en el respaldo y en el asiento que compiten con las ramas. Durante las mañanas y parte de la tarde sirven de refugio para la charla, la contemplación de las numerosas aves que parecen juguetear alrededor o la reflexión y el recuerdo si no gozas de compañía. Se escucha el rumor de la fuente cercana que solo descansa cuando cae la noche y cualquier ruido puede perturbar el descanso; se mezclan los olores, todos ellos agradables y reconocibles, en perfecta armonía con las luces y los contornos. Apenas hay escalones, por eso de que las cansadas piernas de los que por allí́ transitan agradecen las rampas no muy empinadas para desplazarse con seguridad y sin perder el aliento; a cada lado las barandillas sirven de mudo cómplice en el andar de los que perdieron agilidad hace mucho tiempo. El inmueble, no muy lejos del centro, tiene una agradable apariencia; de reciente construcción se ha ubicado en un lugar en el que los ruidos de la ciudad se perciben amortiguados y apenas molestan; los detalles se han cuidado con esmero y no falta nada que puedas echar en falta: la elección de los colores, el mobiliario preciso y adaptado, los fáciles accesos, la decoración profusa y sugerente, los grandes ventanales que te conectan con el mundo y, sobre todo, el personal numeroso, cualificado y muy atento. Un muy buen sitio para vivir, aunque lo hayan elegido por ti.

Las conquistas médicas han propiciado un considerable aumento de la longevidad. Hace unos pocos años la mayor parte de la población apenas llegaba a la jubilación y las autoridades consideraban muy adecuada la exigua infraestructura para albergar a los pocos que conseguían sobrepasar la barrera de los ochenta y no podían alojarse con los más allegados. Desde luego se agradece una prórroga de la existencia, pero hasta las mejores noticias albergan una arista con la que se debe convivir y es que la senectud te roba la frescura y la autonomía hasta que te convierte en dependiente, en actor secundario. En estos tiempos que corren, los lugares que cobijan a nuestros mayores proliferan y se han convertido en una pieza habitual en el puzle de nuestras ciudades; nos sirven para acomodar a aquellos que han perdido la capacidad para vivir solos sin asumir ni grandes riesgos ni muchos esfuerzos. Se han ganado nuestros cuidados tras toda una vida de entrega para ubicarnos en el lugar que ocupamos; su sacrificio ha sido indispensable para que nosotros nos convirtamos en los siguientes eslabones de esta cadena que parece nunca tendrá́ fin…pero esta vertiginosa vida resulta incompatible con las atenciones tradicionales y la mayor parte de nuestros ancestros acaban sus días en una de estas organizadas y atractivas instituciones que han ido perdiendo ese desprestigio de antaño para convertirse en recursos indispensables para la buena convivencia.

No hace mucho, confesar que uno de tus progenitores pasaba sus últimos años en una residencia no te llenaba de orgullo; más bien se tenía la sensación de haber claudicado, de no devolver -en justa reciprocidad- los muchos cuidados recibidos, de no albergar sentimientos de la suficiente intensidad por considerar otra alternativa que no fuera la convivencia bajo el mismo techo. Ahora es comentario común, parte de nuestras conversaciones porque en muchos casos hace falta algo más que amor filial para asegurar una supervivencia digna o se requieren dotes que se relacionan con la gerontología, aparte de tiempo y recursos financieros.

Hasta ahora, lector, entenderás que este relato puede aliviar a algunas almas inquietas porque pocos hijos habrá́ que no sientan un crujido en sus entrañas el día que su antecesor cierra tras de sí la puerta de su casa a sabiendas de que nunca volverá́, pero también, como todos, pensarás: Qué difícil es hacerse mayor ¿verdad?

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