c.q.d.
Felipe Fernández

Es tiempo de Réquiem. Suspendidos los acontecimientos deportivos que tantas horas acaparan, las radios se lanzan a rellenar su espacio con programas y música que, por si acaso y dadas las circunstancias, nos recuerdan la fecha del calendario que transitamos. Tal es así que las noches insomnes se llenan de antologías musicales de todas las épocas y estilos, Britten, Fauré, Verdi, Haydn y, por supuesto Mozart, son algunos de los que, entre otros, dedicaron su trabajo y su talento a componer las mejores obras de misas para difuntos. Dicen que la diferencia entre una buena y una mala composición musical consiste en el número de veces que puedes escucharla sin aborrecerla. Desde la primera vez que tuve la ocasión de escuchar el Réquiem de Mozart- Süssmayer en la Catedral Vieja de Salamanca a mediados de los ochenta (gracias, querido primo) esa obra ha formado parte de mi música favorita y, sin perjuicio de épocas más o menos propicias, suena en mis auriculares de manera recurrente. Mientras junto estas palabras, disfruto con la versión del austríaco Harnoncourt que, fiel a su estilo, dirige un réquiem acompasado, paciente, dejando que todas las notas ocupen su momento, su lugar y su espacio en nuestros oídos. Pero también es tiempo de réquiem por todas las personas que nos están dejando. Todos ellos con nombre, apellidos, familia, amigos; todos ellos con una historia, mejor o peor, pero una historia. Todos han vivido, besado, abrazado, reído, llorado y, muchos de ellos, la enorme mayoría, han sido el sostén social, económico y afectivo de España en diversos periodos de nuestra historia reciente. No son una estadística que se pueda mirar “con distancia”; no son, a día de hoy, “alguno más de trescientos en Extremadura”. Se están yendo sin la posibilidad de poder ser acompañados por todos sus familiares que, además, no pueden ni tan siquiera abrazarse entre sí para consolarse. ¿Puede haber mayor injusticia? ¿Puede haber más ingratitud con los que nos precedieron y nos dieron la vida? “Dies irae, dies illa”. No sé qué más tiene que ocurrir -cuántos más deben morir– para que los medios de comunicación inserten un lazo negro en sus portadas; ya lo hicieron por sucesos, en mi opinión, menos importantes. Por eso, aquí y ahora, quiero dedicarles estas humildes palabras y el Réquiem que escucho mientras tanto, “salva me fons pietatis”. Muchos asuntos tardarán en encontrar su lugar después de esto; la ingratitud y el sentimiento de culpa tardarán un poco mas, si es que lo conseguimos. “Requiem aeternam dona eis Domine et lux perpetua luceat eis”.

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