El iceberg – Microrrelatos
Víctor M. Jiménez

Al anochecer decidió contárselo todo. Se aseguró de quedar a solas con su amigo y cerró la puerta del salón. No quería testigos. El día había sido largo y los demás descansaban en las habitaciones. Se sirvió una copa y encendió un cigarrillo. Se sentó relajado en uno de los sillones de piel. Al principio le costó hablar. La lengua era como un trapo polvoriento, pero con el segundo licor todo parecía más fluido. Las ideas se amontonaban en la cabeza y sus labios no paraban de moverse en susurros. Debía aprovechar el tiempo. Quedaban muchas cosas ocultas en su corazón que tenían que ver la luz antes del amanecer.

            Terminó la confesión dos horas más tarde. Se sintió aliviado, suspiró y se levantó del sillón para servirse una tercera copa que se tomó casi de un trago. Dejó el vaso junto a la licorera, se dirigió a su amigo y lo miró durante varios minutos. Extendió la mano y acarició el rostro helado e inexpresivo. Cerró la tapa del ataúd y lo sumergió en la oscuridad. Apagó de un soplido cada uno de los cirios que rodeaban al féretro y salió de allí con la conciencia tranquila. 

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