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La amistad y la palabra /
Enrique Silveira

Vino Sebastián cuando ya habíamos comenzado el curso. Desde el principio nos llamaron la atención sus peculiaridades. De entrada, su acento daba fe de que no habíamos compartido matrona, pues pronunciaba hasta con fruición las consonantes que brillan por su ausencia en el hablar de los cacereños, de manera que no dejaba a nadie indiferente. Si a ello le sumamos que sus apellidos estaban plagados de ellas y que se presentaba raudo para cumplir con las normas de la cortesía, se puede averiguar el porqué del interés suscitado. Era corpulento y más alto que la mayoría; su voz resonaba de tal manera que no le hacía falta gritar para llamar la atención y, desde el principio, se mostró noble y sincero. Destacaba, además, porque practicaba artes marciales, que en la Vetusta del Sur apenas se conocían, y ello le dotaba de un aura de guerrero invencible con la que se enfrentaba a los profesores más ásperos, esos a los que en teoría guardábamos respeto, pero que en realidad sembraban el terror entre el alumnado. Otra singularidad: estudiaba inglés. En nuestro provinciano mundo, el idioma alternativo al materno era el francés. Su conocimiento te convertía en un ciudadano ilustrado y cosmopolita, te otorgaba una distinción que en parte provenía de las profesoras del colegio que impartían esa materia, distinguidas y gentiles, y que no lustraban tus mejillas con las palmas de sus manos para recordarte quiénes llevaban la batuta en aquel lugar. Pero Sebas venía de otro mundo y allí el inglés era el añadido perfecto, así que el centro habilitó a un profesor para que le instruyera en la lengua de la Pérfida Albión… a él solo. Faltaba mucho para que el sistema educativo girara en torno a este idioma, aunque ya algunos padres se daban cuenta de su importancia y castigaban a sus hijos con clases vespertinas, en las que destacaba el incombustible Morgan. No sabían entonces hasta qué punto estaban mejorando la formación de sus hijos ni cuántas puertas les abriría el conocimiento de la lengua de Lord Byron.

¿Se puede vivir sin entender una palabra de inglés? Indudablemente sí, pero sufriremos constantes infortunios, porque se ha introducido hasta los tuétanos de nuestra civilización y muchas veces su desconocimiento nos hace pasar por lerdos, iletrados o tarugos. Nuestra Academia, pulcra y protectora, es plenamente consciente de esta pujanza y habilita a menudo términos que se introducen en nuestras vidas a través de los muchos vericuetos de la comunicación, se instalan y no queda más remedio que aceptarlos sin renuencias, porque han pasado a ser propios, aunque los padres protectores de la lengua se muestren remisos o clamen por nuestra proverbial falta de autoestima que nos hace apreciar más lo ajeno que lo de la casa.

Se puede vivir escribiendo en el tradicional diario en vez de en un blog; puedes tener capacidades directivas sin haber asistido al imprescindible curso de coaching; si eres generoso, promoverás un micromecenazgo, que ya es difícil, sin recurrir al impronunciable crowfunding o leerás estas líneas en el tradicional papel y no en un e-book o una tablet; contestarás el cuestionario de turno sin llamarlo test y caerás en las lecturas que se alzan orgullosas en lo más alto del trending topic. Todo esto aunque seas freelance o autónomo y, por supuesto, sin llegar a ser un friki (palabra aceptada por su multitudinario uso que proviene de freak, extraño, estrafalario). Eso sí, los que te rodean pensarán que tu instrucción no ha sido la adecuada o, lo que es peor, no ha existido y te mirarán displicentes, aunque estés vivo y sepas cuándo lloverá sin consultar internet y distingas la enfermedad de una res nada más ver sus ojos.

El caso es que a Sebas hace ya mucho que este asunto le trae sin cuidado. Me consta.

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