c.q.d.
Felipe Fernández

Mientras en España se felicitan porque “los muertos descienden a 87, la cifra más baja en dos meses” (sic), a miles de kilómetros, allá donde la bisabuela se eximió de cualquier culpa sobre la conquista, ha nacido Gabriel. Hace muy pocos días, su primerizo padre Álvaro Ruiz, escribió un ensayo en la revista Milenio – “La cultura en el tiempo del coronavirus”- quizá como prefacio a la llegada del pequeño Ruiz, quizá como primer capítulo de un inasequible intento por mejorar el mundo que le espera a su recién nacido. Además de una exuberante demostración de conocimientos filosófico-literarios y un perfecto dominio de las tramas editoriales de su país, Ruiz se pregunta, entre otros asuntos, acerca del lugar que ocupa la cultura en nuestros días, así como sobre la evidente ausencia de referentes intelectuales. A través de la figura de Bertrand Russell, bien traído como filósofo y escritor – Russell fue Nobel de Literatura en 1950- Álvaro Ruiz desgrana su intensa visión sobre el futuro de la Cultura, futuro que concluye inevitablemente pesimista. Por qué el intelectual ya no es un referente, se pregunta retóricamente Ruiz aludiendo a una disociación entre la obra y el autor que los propios creadores han cultivado de forma intencionada. Parece evidente la pérdida de autoridad del intelectual en nuestro días. Y esto es así, entre otras razones, porque el camino más corto hacia el respeto y el reconocimiento de la autoridad siempre ha sido la distancia. Como dijo Eco, “la verdadera intelectualidad es la que no ha pisado un plató de televisión”; recordemos si no a Spinoza, obsesionado con ocultar su obra a los contemporáneos y reservarla para las generaciones posteriores. Un buen escritor ya no es, necesariamente, una autoridad moral, algunos de los que escribieron las mejores novelas del siglo XX también plagiaron el trabajo de otros, sostuvieron amistades con dictadores y justificaron invasiones injustificables. Desde ese punto de vista, transgredieron -ahora sí- una de las ideas fundamentales de Russell esgrimidas por Ruiz, que los bienes adquiridos mentalmente y no por la fuerza contribuyen al refuerzo del respeto por el potencial creativo de los demás. Pero el potencial creativo ha evolucionado por caminos diferentes a los que veía Russell, a los que desea Ruiz para su pequeño. ¿Sabe usted por qué hoy en día somos incapaces de levantar edificios con la grandeza de antaño?, se pregunta Andrés Neuman. “Muy sencillo, precisamente porque los hombres de antaño tenían convicciones grandiosas. Nosotros, los modernos, solo tenemos opiniones. La arquitectura actual es una arquitectura de opiniones, igual que la literatura, la filosofía y las artes plásticas”. La democratización de la literatura, a la que alude el autor del texto resaltando sus incuestionables ventajas, ha supuesto por otra parte la vulgarización de la crítica, la exaltación de la imagen, la banalización del conocimiento. De ahí la queja de Vargas Llosa, “los cantantes de rock, actores de cine y estrellas de fútbol han reemplazado a los intelectuales como directores de conciencia política (…) El protagonismo de que hoy día gozan no tiene que ver con su lucidez o su inteligencia; se debe exclusivamente a su presencia mediática y aptitudes histriónicas”. Se equivocaron; deslumbrados por los focos, los cócteles y la presencia mediática no advirtieron que la autoridad intelectual necesita distancia entre lo que Kant llamó “el fenómeno y el noúmeno”, esto es, entre el hecho y lo moral, lo ideal, de tal suerte que esa vanidad temporal arrastró una buena parte del depósito de confianza que la sociedad había guardado en ese reservorio intelectual para cuando vinieran mal dadas, como ahora. No importa, saldremos adelante. El pequeño Gabriel debe saber que, antes que su padre, otros ya se hicieron las mismas preguntas. Y la respuesta – tenía que ser él – la escribió Pessoa: “La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida sola no basta”. Bienvenido, Gabriel.

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